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30 sept 2022

Ronald Gamarra: "Cuba, matrimonio igualitario"

Rtimo, tambó y flores. Este domingo 25 de septiembre, el pueblo cubano aprobó por mayoría abrumadora de dos tercios del electorado una serie de reformas trascedentales a la legislación de familia, incluyendo el derecho al matrimonio de las personas del mismo sexo (definido como la "unión voluntaria concertada de dos personas con aptitud legal para ello con el fin de hacer vida en común sobre la base del afecto, el amor y el respetuo mutuo"), el derecho a la adopción sin exclusión alguna por razones de orientación sexual de los adoptantes, la gestación solidaria (es decir la gestación en vientre de una mujer ajena a la pareja con la condición de que no sea por dinero), la prohibición del matrimonio infantil, entre otras enmiendas sustanciales del Código de las Familias, denominado así en plural, como reconocimiento a su variedad. El referéndum tiene un carácter vinculante.

Palo mayimbe, adívinalo. La aprobación  de estas reformas obtuvo un rotundo sí del 66.9% de los votantes. Un 32% se pronunció en contra. La participación fue significativamente alta: un 75% de la nómina de votantes acudió a las urnas. El desarrollo de este referéndum contrasta llamativamente con las elecciones políticas que cada cierto tiempo tienen lugar en Cuba para elegir a los "representantes del poder popular", en los cuales los resultados suelen ser de 99% a favor del candidato del partido único y no hay ausentismo porque el voto es obligatorio.

Oye mima, el edén de los roncos. Quizá esta vez el Partido Comunista  asumió que la votación no ponía en juego su poder ni su lugar en el gobierno, pues la propuesta no se presentaba como propia del PCC sino como resultado de un debate abierto que tiene ya muchos años en la isla, y en el cual se han vertido diversas posiciones a favor y en contra dentro de la propia élite gubernamental. Por tanto, se podían dar el lujo de tener un proceso de votación mas abierto. Ojalá se progresara así también en las elecciones políticas. Sin embargo, la experiencia de un referéndum abierto no dejará de tener repercusiones sobre futuras elecciones políticas, que hasta el momento solo son rituales.

Al vaivén de mi carreta y aunque me cueste la vida. La victoria del sí en el referéndum sobre el matrimonio igualitario, la adopción y la concepción subrograda solidaria es una corrección histórica a los abusos enormes que sufrió la población LGTBIQ en Cuba en los primeros tiempos  de la revolución (y después, también). Ella quería a la revolución, pero la revolución no los quiso. Dolor, esquina, miseria. Miles de personas homosexuales fueron hostilizadas, víctimas de redadas policiales, purgadas de las instituciones y hasta encarceladas en campos de trabajo forzado por su orientación sexual (las infames Unidades Militares de Ayuda  a la Producción-UMAP). La revoluciónera abiertamente homofóbica. Un peruano, Mario Vargas Llosa, fue el primero en oponerse solitariamente a la homofobia del régimen ya en los años 60. Solo hacia el año 2010, el propio Fidel Castro reconoció públicamente que tal persecución fue uno de los peores errores del régimen revolucionario; aunque el perdón histórico y las consecuentes medidas de reparación por parte del Estado todavía no se han dado.

La esquina del movimiento, Macussa. En realidad, en aquella época el grueso de comunistas en el mundo compartía la homofobia propia del conservadurismo. En la Unión Soviética, al igual que en la mayor parte de Occidente , se consideraba la homosexualidad como una alteración psiquiátrica, como una forma de degeneración moral o como una corrupción heredada de la sociedad  burguesa. Los comunistas  peruanos no fueron la excepción, escupieron a los homosexuales por no responder a su ideal de "hombre nuevo". Aún hoy vemos entre ellos demasiados fósiles que se conservan con buena salud: los Cerrones, Perú Libre, Bermejo, el presidente Castillo, el expremier Bellido, que ahora deben estar botando espuma  por la boca con los resultados del referendo cubano y echando la culpa de los sucedido a los caviares isleños (y a Yemayá y Ochún). Ellos, en verdad, son más hijos de Putín, el oligarca homofóbico, antes que hijos del socialismo.

Opinión de Ronald Gamarra Herrera publicado en el Semanario Hildebtrandt en sus trece el día viernes 30 de septiembre de 2022.

Fuente Semanario de Hildebrandt en sus trece.

15 mar 2019

Relatoría Especial de la CIDH presenta informe especial sobre situación de la libertad de expresión en Cuba

Washington, D.C. La Relatoría Especial para la Libertad de Expresión de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) presentó el "Informe especial sobre situación de la libertad de expresión en Cuba". Este informe contiene seis secciones principales, que abordan sobre el marco normativo vigente en Cuba en el cual se encuentra la raíz de la violación de los derechos humanos, así como un breve análisis de los aspectos de la reforma constitucional presentada por el propio régimen, que refieren al derecho a la libertad de expresión. Asimismo, aborda el periodismo libre e independiente en Cuba, refiriéndose en particular a los medios públicos, la imposibilidad de fundar medios privados y las prácticas de persecución contra periodistas independientes. Dado que los periodistas no son los únicos que han sufrido persecución por expresar sus ideas en Cuba, igualmente analiza la situación de la criminalización de la crítica y discriminación por motivos políticos a distintos grupos de la población, como defensores y defensoras de derechos humanos, artistas, disidentes políticos, entre otros. También, el informe aborda las protestas y manifestaciones sociales. La última parte del informe refiere a limitaciones al derecho a la libertad de expresión en internet y aborda obstáculos en la regulación del uso de redes y comunicación en la web, problemas de conectividad y acceso universal, bloqueos y censura de contenido, y vigilancias. Finalmente, con base en el análisis de estos aspectos, la Relatoría Especial presenta sus conclusiones y recomendaciones al Estado cubano.

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16 abr 2018

CIDH Informe de Fondo sobre la criminalización de la opinión y la deliberación política en Cuba


La CIDH publica informe de fondo en caso relacionado con la criminalización de la opinión y la deliberación política en Cuba


Washington, D.C. Durante su 167 período de sesiones, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) aprobó la publicación del informe de fondo relacionado con el caso (N° 12.127) Vladimiro Roca Antúnez y otros, respecto de Cuba. Este caso la CIDH declaró la responsabilidad internacional del Estado cubano por la violación de los derechos a la libertad de expresión y asociación de Vladimiro Roca Antúnez, René Gómez Manzano, Martha Beatriz Roque Cabello y Félix Bonne Carcassés, quienes fueron privados arbitrariamente de la libertad y condenados a severas penas de prisión bajo cargos de sedición por la mera difusión de opiniones políticas.

Este grupo de intelectuales crearon en 1997 una organización en La Habana, dedicada al estudio de los problemas socioeconómicos de Cuba ("Grupo de Trabajo de la Disidencia Interna"). En tal calidad difundieron una serie de documentos de contenido crítico, y a la vez propositivo, sobre la realidad de su país, tal y como la "Plataforma para la transición" y el manifesto "la Patria es de Todos".

Luego de tramitar la petición de las víctimas en todas sus etapas, la CIDH determinó que el Estado de Cuba violó los derechos consagrados en la Declaración Americana de los Derechos y Deberes del Hombre respecto a estas personas, en particular los artículos I (Derecho a la vida, a la libertad, a la seguridad e integridad de la personal), IV (Derecho de libertad de investigación, opinión, expresión y difusión), XXII (Derecho de asociación), XXV (Derecho de protección contra la detención arbitraria) y XXVI (Derecho a proceso regular).

La Comisión Interamericana concluyó que las sanciones penales impuestas a las víctimas son incompatibles con las exigencias del derecho a la libertad de expresión y el  derecho a la libertad de asociación en una sociedad democrática. En particular, observó que el proceso llevado contra Vladimir Roca, René Gómez Manzano, Martha Beatriz Roque Cabello y Félix Bonne Carcassés se fundó en delitos y conceptos de seguridad nacional y orden público abiertamente contrarios a los principios democráticos y perseguía fines ilegítimos, como es la criminalización de la crítica política.

A juicio de la CIDH "ninguna idea democrática de seguridad nacional" u "orden público", cuyos fundamentos son el respeto a los derechos humanos y el sometimiento de los servidores públicos a la ley, puede ser compatible con esta tesis. La intolerancia de las autoridades cubanas hacia toda forma de crítica u oposición política constituye la principal limitación a los derechos a la libertad de expresión y asociación" en ese país. La Comisión consideró que además de la dimensión individual del impacto de estas medidas sobre las víctimas, la criminalización que se evidenció ejerció un efecto intimidatorio o disuasivo ("chilling effect") sobre toda la sociedad cubana, pudiendo conducir a impedir o inhibir este tipo de opiniones y asociaciones.

"Con esta decisión CIDH reconoce a las víctimas el derecho que cada persona tiene a pensar y a comunicarse con los demás sus propias ideas y perspectivas, con el objetivo deliberar y participar en la construcción del modelo de sociedad en la que queremos vivir", comentó Edison Lanza, Relator Especial para la Libertad de Expresión de la CIDH. "El caso también recuerda las severas y arbitrarias restricciones a las libertades de opinión y expresión que persisten en Cuba, en especial respecto a disidentes, intelectuales, periodistas y miembros de la sociedad civil", agregó.

En el informe de fondo, la Comisión recomendó a Cuba a reparar a las víctimas y, de ser el caso, a sus familiares sobrevivientes, por el daño material e inmaterial sufrido en virtud de las violaciones establecidas; dejar sin efecto la condena penal impuesta a las víctimas en el presente caso y todas las consecuencias que de ella se deriven; realizar un acto público de reconocimiento de su responsabilidad por las violaciones a la Declaración Americana establecidas. Asimismo, recomendó al Estado a: 

- Adoptar las medidas necesarias para adecuar sus leyes, procedimientos y prácticas a las normas internacionales sobre derechos humanos. En particular, derogar las figuras penales que, como el delito de sedición y el delito de incitación previstos en los artículos 100 y 125 del Código Penal, respectivamente, resultan incompatibles con el ejercicio de los derechos a la libertad de expresión y asociación.
- Adoptar las medidas necesarias para evitar que hechos similares vuelvan a cometerse, de conformidad con el deber del Estado de respetar y garantizar los derechos humanos. En particular, adoptar las medidas que sean necesarias para prevenir y erradicar la criminalización de quienes ejercen el derecho de libertad de expresión y de asociación.

- Adecuar sus normas procesales a los estándares internacionales aplicables en materia de debido proceso, a fin de que las personas sometidas a procesos penales cuenten con todas las garantías legales necesarias para ejercer sus medios de defensa.

La Comisión Interamericana decidió publicar el informe, porque consideró que Cuba no cumplió con estas recomendaciones. La Comisión Interamericana seguirá evaluando el cumplimiento de las referidas recomendaciones por parte del Estado cubano hasta que determine que las mismas se han cumplido de forma plena.

22 sept 2017

UNICEF: Solo 15 países en el mundo tienen tres políticas nacionales básicas que ayudan a garantizar el tiempo y los recursos que los padres necesitan para apoyar el desarrollo saludable de sus hijos pequeños

Alrededor de 85 millones de niños menores de 5 años viven en 32 países que no ofrecen a sus familias educación preescolar gratuita,  pausas pagadas de lactancia para sus madres, ni licencias parentales justas y remuneradas.

De acuerdo con el informe de primera infancia de UNICEF, esas medidas ayudan a sentar una base crítica para el desarrollo de los niños, protegerles mejor y proporcionarles mejor nutrición y experiencias de aprendizaje en los primeros años que son cruciales para el crecimiento cerebral.

El reporte destaca que Cuba, Francia, Portugal, Rusia y Suecia figuran entre los países que garantizan las tres políticas. De los 85 millones de niños que viven en naciones que no tienen ninguna, el 40% están en Bangladesh y Estados Unidos.

H“¿Qué es lo más importante que tienen los niños?: sus cerebros. Pero no estamos cuidando del cerebro de los niños de la manera en que cuidamos de sus cuerpos, especialmente en la primera infancia, cuando la ciencia demuestra que los cerebros de los niños y su futuro se están perfilando rápidamente. Tenemos que hacer más para dar a los padres y cuidadores de los niños pequeños el apoyo que necesitan", declaró en un comunicado el Director Ejecutivo de UNICEF, Anthony Lake.

UNICEF reveló que en promedio los gobiernos de todo el mundo gastan menos del 2% de sus presupuestos educativos en programas para la primera infancia. Sin embargo, el informe destaca que la inversión en los primeros años de la niñez produce ganancias económicas significativas en el futuro.
Fuente UNICEF: https://www.unicef.org/

1 nov 2015

Discurso de Leonardo Padura al recibir el premio Princesa de Asturias

Majestades, Premiados, señoras y señores:

Aqui estoy, y vengo de Cuba. Aunque, más que de Cuba, debo precisar que vengo de un barrio de la periferia habanera llamado Mantilla. Allí vivo y escribo, en la misma casa donde nací. En ese barrio plebeyo y bullicioso que brotó a la vera del camino real, también nacieron mi padre, mi abuelo, quizás incluso hasta mi tatarabuelo Padura. Allí mi padre conoció a mi madre, una bella cienfueguera llegada a La Habana empujada por la pobreza y se enamoró de ella hasta el último aliento de su vida. Mis abuelos maternos habían nacido en aquella zona del centro de la isla y, si no hubo alguna excepción, parece que también mis bisabuelos Fuentes y Castellanos nacieron por aquellos lares. Si digo todo esto es para fijar la profundidad de una pertenencia y para establecer, también genealógicamente, una evidencia: soy cubano por mis 64 costados.

A Cuba, a su cultura y su historia debo casi todo lo que soy, profesional y humanamente. Porque pertenezco profundamente a la identidad de mi isla, a su espíritu forjado con tantas mezclas de etnias y credos, a su vigorosa tradición literaria, a su a veces insoportable vocación gregaria, al amor insondable que le profesamos al beisbol, y, como soy escritor, pertenezco a la lengua que aprendí en la cuna, con la que me comunico y escribo, la maravillosa lengua española en la que ahora leo estas palabras. Y, por ello, parafraseando a José Martí, el apóstol de la nación cubana, puedo decir que dos patrias tengo yo: Cuba y mi lengua. Cuba, con todo lo que tiene dentro y también fuera de su geografía; la lengua española, porque soy lo que soy a través de ella, gracias a ella. 

Con Cuba y con mi lengua a cuestas he recorrido un camino que se va haciendo largo y que me ha traído hasta este momento de epifanía, hasta este asombro y satisfacción superlativos que no me abandonan porque estoy donde nunca soñé estar, aunque sé por qué estoy: sencillamente porque soy un empecinado.

Pero, con empecinamiento incluido, llegar hasta aquí no ha sido fácil. En realidad, ser escritor nunca ha sido fácil y, para mí, ha sido más esforzado de lo que tal vez podría parecer. Muchas, muchas horas he dedicado a mi oficio, en una lucha terrible por vencer miedos e incertidumbres que lo abarcan todo: desde la elección sobre los aspectos de mi realidad que he querido reflejar hasta el encuentro de la palabra más adecuada para conseguir expresar del mejor y más bello modo posible esa realidad reflejada. Ser escritor ha sido una bendición que he asumido como una responsabilidad artística y civil, que ha sido y será ardua: muchas incomprensiones me han acompañado, incluso marginaciones cuando era considerado apenas un autor de novelas policiacas y algún que otro ramalazo por ser como soy y escribir como escribo. Pero hace cuarenta años aprendí que para lograr algo, al menos en mi caso, solo había una fórmula y la adopté y la practico a destajo: el trabajo diario. Y por eso puedo decir ahora que, más que dos, en realidad tengo tres patrias: Cuba, mi lengua y el trabajo.
 
Pero, debo y quiero reconocerlo aquí: para que mis tres patrias tutelares pudieran traerme hasta este momento, muchas coyunturas y personas han debido reunirse y concretar lo real maravilloso. Porque no solo de pertenencia, idioma y trabajo se vive en las patrias posibles del escritor y porque ejercitar la gratitud es algo que me complementa

A los creadores de mi casa de Mantilla debo la vida, pero también una formación humana y una ética en la que se combinaron con amable armonía la filosofía masónica de mi padre y la fe católica de mi madre. Y aunque no me inicié como masón y soy ateo, de ellos aprendí la práctica de la fraternidad, la solidaridad y el humanismo entre las personas, unos valores que he tratado de aplicar en todos los actos de mi vida. Lamento que ellos no estén físicamente hoy aquí conmigo, aunque sé que me acompañan: mi padre desde el sitio que le haya asignado el Gran Arquitecto del Universo; mi madre, desde nuestra casa mantillera.

A muchos de mis compañeros de estudio y de profesión debo agradecer la compañía a través de los años y la fidelidad militante con que nos hemos tratado en un tránsito hermoso y difícil, como todos los transcursos vitales. Aunque solo unos pocos de ellos estén hoy aquí, sé que festejan conmigo, y puedo decir como Gardel, el día de su debut parisino en el Olimpia: “¡Si estuvieran aquí los muchachos del barrio!”

Con España tengo una impagable deuda de gratitud. Desde aquel verano de 1988 en que, como simple periodista, llegué precisamente a esta tierra de Asturias, para participar en la Primera Semana Negra de Gijón, este país me abrió puertas cuya trasposición me ha permitido avanzar y estar donde estoy. A la literatura española que conocía por mis estudios y preferencias, se sumó la que encontré desde entonces y que mucho cambió mis percepciones. Luego, a un concurso literario español, el Premio Café Gijón de 1995, debo la posibilidad de haber podido crear el puente que condujo una de mis novelas hasta las manos de la directora de la prestigiosa editorial Tusquets, para iniciar una relación de amor y trabajo que hemos sostenido durante 20 años y ha permitido que mis libros hayan podido ser leídos en todo el ámbito de la lengua y, a partir de ahí, en otros más de veinte idiomas.

A España debo también el honor de que el consejo de ministros del país me concediera la ciudadanía española por el procedimiento de Carta de Naturaleza, reconocimiento honorífico que ha consolidado aún más, si eso es posible, mi relación con la segunda de mis patrias, esta lengua en la que me expreso y escribo
A los veintiún miembros del jurado que me ha concedido el reconocimiento que hoy recibo, mi gratitud infinita. Merecer este premio, todos lo saben, no es cualquier cosa. La lista de nombres que me preceden avalan la magnitud de esta gratificación. Y el hecho de que ustedes me hayan elegido, es un honor que recibo con el orgullo de ser el primer escritor cubano que lo alcanza. Y como tal lo recibo: como escritor cubano y como un premio a la literatura y a la cultura de mi primera patria...


Y a mi esposa, Lucía Lopez Coll, que por supuesto está aquí conmigo, solo puedo decirle: Lucía, gracias por soportarme durante casi cuarenta años, por ayudarme tanto a conseguir lo que ha sido y está siendo la novela de mi vida

Pero mi acto de gratitud no estaría completo sin recordar a alguien de cuya mano he llegado a este estrado. Hace veinte años, cuando apareció en España mi novela Máscaras, los periodistas me preguntaban por qué había escogido aquel nombre para mi protagonista. Hoy, gracias a la persistencia de ese compañero de luchas, creo que mi personaje y yo hemos vencido en un tremendo combate: Mario Conde, el cubano, con su nombre resonante se ha ganado un espacio en el imaginario colectivo de este país, donde acumula amores, reconocimientos y lectores… Gracias, Conde, por haberme acompañado todos estos años en el empeño de explorar y revelar conmigo la vida y la sociedad cubanas y a comprender los desafíos de la cuarta edad cuyo tránsito estamos iniciando

Hoy es uno de los días importantes de mi vida, quizás el más mediático de que haya disfrutado, y por eso, al tener la oportunidad de dirigirme a tanta gente y tan poco tiempo para hacerlo, he debido pensar mucho qué decir: y he decidido hablar solo de asuntos realmente trascendentes, unos pocos, todos relacionadas con el amor, la persistencia, la gratitud y la pertenencia. Hoy es un día de vino y rosas y así quiero guardarlo en mi memoria. Porque a pesar de los pesares, de las luchas, las dudas, los silencios y los resquemores, la verdad es que las recompensas que debo a mis patrias y a todos los que me han ayudado a obtenerlas, son un pretexto de lujo para disfrutar y compartir esta felicidad, y quiero hacerlo con el mismo espíritu impoluto con que compartía hace más de cincuenta años mi bate, mi guante y mi pelota de beisbol con aquellos amigos del barrio con los que aprendí a gozar la satisfacción del éxito, en un simple juego de pelota, en una calle de un barrio habanero llamado Mantilla, donde palpita el corazón de mis patrias. (2015)


28 sept 2015

Colombia: Justicia imperfecta, paz posible

Rodrigo Uprimny Yepes

Pero conviene recordar que la justicia transicional es siempre, parafraseando alguna expresión de Pablo de Greiff, el relator de Naciones Unidas sobre el tema, una justicia imperfecta para tiempos radicalmente imperfectos, y por ello no puede evaluarse con los estándares de la justicia ordinaria en tiempos de normalidad.

La justicia transicional busca enfrentar un legado de violaciones masivas a los derechos humanos derivadas de guerras o dictaduras. En esos contextos no es posible sancionar con las penas ordinarias a todos los responsables de atrocidades, ni esclarecer judicialmente todos los casos, ni reparar integralmente a todas las víctimas. No es posible entonces salir de esa situación de atrocidades masivas, reconstruir un Estado de derecho y honrar a las víctimas, con los instrumentos ordinarios de justicia. Son necesarios mecanismos especiales, como las comisiones de la verdad, formas especiales de justicia, programas masivos de reparación y la adopción de medidas que eviten la repetición de las atrocidades.

Si además se busca, como se está haciendo en Colombia, una salida negociada de la guerra con una guerrilla que no ha sido derrotada, entonces es necesario además que la fórmula de justicia adoptada permita la paz negociada. En esos contextos, cualquier solución que se adopte implica una armonización difícil, casi imposible, entre los imperativos de la justicia y las necesidades de la paz. Cualquier fórmula que se adopte podrá entonces ser criticada y dejará a algunos insatisfechos.

La justicia transicional es entonces imperfecta y no puede ser valorada con los estándares que gobiernan a la justicia en tiempos ordinarios. Debe ser evaluada conforme a los estándares, aún en construcción, que son apropiados para estas circunstancias extraordinarias y muy difíciles, y que pueden resumirse en lo siguiente: que las víctimas sean reconocidas y reparadas hasta donde sea posible, que la verdad sea esclarecida, que haya garantías de no repetición, y que los responsables de las atrocidades rindan cuentas de sus actos y reciban sanciones apropiadas.

Todo indica que la “jurisdicción especial de la paz”, según lo anunciado, se ajusta a esos estándares, pues excluye la amnistía para crímenes de guerra o lesa humanidad, con lo cual los responsables rendirán cuentas y recibirán sanciones, que son apropiadas: si no cumplen inmediatamente con sus deberes de verdad, desmovilización y reparación, tendrán cárcel. Y si cumplen con todo, tendrán una restricción efectiva de la libertad, acompañada de labores personales de reparación, como desminados. No es un sistema perfecto y aún faltan temas por definir; pero es realmente justicia; y con esta justicia imperfecta, acordada ya por las Farc y el Gobierno, la paz es posible.



Lea el Comunicado
Conjunto # 60 sobre el Acuerdo de creación de una Jurisdicción Especial para la Paz: http://kausajusta.blogspot.pe/2015/09/colombia-comunicado-conjunto-60-sobre.html

Fuente DeJusticia: http://www.dejusticia.org/#!/actividad/2776

24 sept 2015

Colombia: Comunicado conjunto # 60 sobre el Acuerdo de creación de una Jurisdicción Especial para la Paz

Gobierno de la República de Colombia y las FARC-EP  reafirman su compromiso con los acuerdos logrados hasta la fecha: “Hacia un Nuevo Campo Colombiano: Reforma Rural Integral”, “Participación política: Apertura democrática para construir la paz” y “Solución al Problema de las Drogas Ilícitas”.
La Habana, Cuba, 23 de setiembre de 2015.

15 jun 2015

Padura: El pesimismo de un escritor exitoso

Se queja porque ocupa tres tardes de la semana en reportajes y en cada país que visita le hacen preguntas sobre la situación política de Cuba. En el mercado negro de La Habana, su libro más conocido cuesta lo mismo que un jean traído desde los Estados Unidos. Si bien dice que no tiene militancia ni es un disidente, no pierde oportunidad para criticar al régimen castrista. Cada vez que terminó una novela pensó que no se la publicarían en su país: siempre se equivocó. Perfil del autor de El hombre que amaba los perros, que dudó en irse de la isla pero se quedó porque sabe que un escritor es su contexto, su cultura, su circunstancia.

Hay días en los que Leonardo Padura quisiera ser Paul Auster. No por la fama o el dinero; sí por las temporadas en París y un poco, cómo no, por su literatura. Pero cuando más desea, con envidia, ser el autor de La Trilogía de Nueva York, son las cinco o seis veces por semana que debe responder preguntas de periodistas.

—¿Y por qué otra vez estoy hablando de política, coño? Hablemos de literatura por favor —pide a su interlocutor en el subsuelo de la Librería Hernández. Y se toca la barba con la mano izquierda.

El lugar está lleno. La edad promedio de la audiencia supera los 50 y es variada: hay algunos cubanos y muchos argentinos. Hay un ex revolucionario peruano y amigo de Ernesto Guevara,  militantes de todo el arco de la izquierda nacional, castristas desencantados y otros que se niegan al desencanto completo.

Al final de la firma de ejemplares queda un grupo de cinco o seis hombres.

— Cuesta escuchar algunas cosas —dice uno.

—Sí. La revolución es un símbolo y hay que tener cuidado —sigue otro.

—Pero pará, pará, Padura vive en Cuba. No es un gusano de Miami —lo interrumpe el de la barba más tupida, que quiere afirmar pero no puede.

—No, no. Un gusano es otra cosa. Padura no es un gusano. Claro que no —responde el primero. 

Padura habla con una lectora y ni siquiera intuye la discusión que hay a cinco metros suyo, después de un gran aplauso. Se enterará al día siguiente, durante la entrevista, arriba del auto en el que va a la Facultad de Filosofía y Letras a hablar de la creación de un personaje de ficción. Se enoja, otra vez, una más:

—¿Gusano? En Cuba esa palabra no se usa desde la década del 60.
Clava los ojos en las luces de la ciudad que rebotan en la ventanilla.

—Yo jamás tuve una militancia política. No soy un disidente. No es mi culpa si la economía cubana es un desastre, si la industria azucarera colapsó, si la ganadería desapareció, el café es malo, la educación empeoró, los hospitales se cayeron. No es mi culpa. Yo vivo la realidad y sólo la cuento.

Aquella noche de principios de los noventa, los Padura no durmieron. Eduardo, el más chico de los tres hermanos, se había despedido la tarde anterior. La lancha con destino a Miami saldría después de la medianoche desde un puerto clandestino. Ya sabían cómo era la angustia; la habían vivido en muchos amigos, vecinos y familiares: podían pasar dos o tres días hasta que llegara alguna noticia. En el desayuno hubo especulaciones: ¿estaría en el mar todavía?, quizá ni siquiera había partido, ¿por qué no creer que estaba caminando por Ocean Drive?

A las 9 de la mañana escucharon la puerta y lo vieron entrar. Eduardo estaba golpeado y asustado. La balsa-lancha se había hundido a 300 metros de la costa.   No era el primer intento por salir del país. Un año antes había planificado con un amigo atravesar el campo minado de la base militar de Guantánamo para pedir asilo en los Estados Unidos. A último momento él decidió no hacerlo. El amigo terminó preso tres años.

—Mi hermano se tenía que ir. Su sueño siempre fue tener una casa y un carro. Y eso nunca lo iba a lograr en Cuba. Se tenía que ir. Si no se mataba.   La tercera fue la vencida: consiguió una mujer con visa, se casó y se fue en avión y con papeles. Mientras juntaba los dólares para pagarle los trámites, Leonardo volvió a pensar si no tenía que hacer lo mismo. 

El libro que lo hizo el autor más leído dentro y fuera de Cuba, El hombre que amaba a los perros (2009), cuesta en La Habana una canasta de productos comestibles e higiénicos o un trabajo de varios días, o un jean que llega desde Estados Unidos.

La última obra publicada de Padura es moneda de cambio bien cotizada en el mercado negro: como sucede con los habanos, el ron y el café, su precio multiplica el salario mensual de un neurocirujano, médico, arquitecto o cualquier otro profesional cubano. Como pasa con todos los productos que tienen precio en divisa, también se los roban: en 2010 desaparecieron varios de los 400 ejemplares de la primera edición a precio socialista, publicada por pedido de Tusquets un año después que en el resto del mundo.

—Cualquiera que hoy se haga de diez libros míos sabe que tiene 200 dólares en sus manos, algo así como ocho o diez salarios estatales.

Los últimos mil ejemplares impresos en la isla por la estatal Ediciones Unión -de un total de 4 mil- se pusieron a la venta en la Feria del libro de La Habana en febrero de 2013, cuando Padura recibió el Premio Nacional de Literatura. Se vendieron a razón de 25 por minuto.

—En menos de una hora no había más. Fue el récord de toda la historia de la Feria. Firmé como 800 de esos mil.

Añora su primera visita a Buenos Aires, en 1992, cuando caminó la calle Corrientes sin apuro, revisó las estanterías de todas las librerías, comió pastas en Pippo, y hasta fue a ver a Enrique Pinti al teatro. En esa época tenía sólo dos novelas publicadas, todavía fumaba habanos y la barba, ahora casi blanca, era negra y más tupida.

Dos décadas después, la agenda aprieta: un mes antes de volar a Buenos Aires empiezan las entrevistas telefónicas y vía email. Apenas aterriza, una agente de la editorial le advierte que tendrá días agitados.

Hoy no dispone de su tiempo ni en su casa de Mantilla: se levanta a las 7, media hora después se sienta delante de la computadora, responde mails hasta las 8, escribe hasta las 13, almuerza, duerme una siesta de una hora y lee unas tres horas cuando las entrevistas le dejan tiempo. Cada vez menos.

— Eso es algo aberrante: tres tardes de la semana se me van en reportajes. A los de promoción no les puedo decir que no porque son importantes. Y a los de los estudiantes y periodistas de Cuba no me gusta negarme.
***
La ciudad de Mantilla no tiene ningún encanto: no está cerca del mar, no hay lugares históricos ni calles pintorescas que merezcan una visita turística. Apenas muchas casas bajas, despintadas y emparchadas; chicos jugando en la calle y ancianos en mecedoras; mercados desprovistos, escuelas derruidas, autos ruidosos de varios colores y el fastidioso reggaetón sonando.

Su esposa, Lucía López Coll, no eligió vivir ahí. Se enamoró de un hombre que ya amaba a su barrio y se mudó a la planta alta de la casa de sus suegros.

—Es difícil hacerla hablar — advierte Padura en la puerta del hotel de Recoleta en el que se aloja, antes de subirse al auto que lo llevará a Puán.
Lo dice serio, como casi todo, pero su tono cubano lo hace parecer más simpático de lo que es.

En el taxi de atrás, lejos de él, Lucía habla. Y demuestra por qué es la mejor editora de su marido, la más crítica y despiadada:

— Leonardo cree que Mantilla sigue siendo lo que era en su infancia. Aunque ahora sea un desastre, lo sigue viendo bonito y no hay nada que pueda cambiar su parecer —dice sin sonreír, con la misma voz tímida que mostró antes, cuando se negó a hablar varias veces

Están juntos desde que se conocieron, en 1978. Los presentaron durante un Festival de la Federación Estudiantil Universitaria; ella cursaba el primer año de Filología y Leonardo el tercero. Ninguno de los dos se acuerda cuándo se casaron.

—En 1990 o 1991 —repiten por separado, como si el de sus vidas fuera uno de los veinte guiones de cine que escribieron juntos en estos 35 años. También con las mismas palabras explican temas más sensibles, como por qué no tuvieron hijos: el trabajo de Leonardo se llevó los años por delante y cuando se dieron cuenta ella ya estaba en la “edad peligrosa”. Lo intentaron igual, pero no pudieron.

—No es algo traumático. De hecho, pensamos que hubiera sido todo un problema tenerlos con la vida que hacemos hoy. O que no podríamos tener esta vida que tanto nos gusta.

Lucía va a donde va Padura. Y Padura no va a casi ningún lado sin Lucía. En los últimos años viajaron por Francia, España, Italia, Dinamarca, Noruega, Puerto Rico, México, Estados Unidos, Holanda, Portugal, Argentina, Chile. También juntos atravesaron las dificultades: cuando no podían ni soñar con salir del país y a él le cambiaban los dólares de las ediciones en el exterior por un puñado de pesos cubanos; cuando comían de lo que les daba el padrastro agricultor de Lucía y ella hacía un curso de peluquera para trabajar con su suegra porque ni el periodismo ni los guiones de documentales compraban la comida diaria.

Fueron los años de la bicicleta: de Mantilla a El Vedado, con sol y con lluvia, 15 kilómetros de bajada a la ida y 15 kilómetros de subida a la vuelta.

—Yo ya tenía la plata para comprarme un carro, pero el Estado no me dejaba. Recién en el 97 me autorizaron. Es el auto que tengo hoy y quién sabe hasta cuándo tendré el mismo.

Lucía lo edita, le pule los textos, lo ayuda a crear los personajes y le cuida el tono. Con una mirada entrenada mucho más en lo audiovisual que en lo literario, manda cuando escriben juntos. Es la primera en leer cada cuento o novela; también los artículos para Inter Press Service (IPS), la agencia de noticias con sede en La Habana y en Italia en la que los dos escriben free lance desde los años 90.

—Ella se ha amoldado a mi vida y a mi ritmo, pero no ha resignado su trabajo —dice él.

En la puerta de Puán, Lucía vuelve a ser la esposa discreta de siempre, que tiene la habilidad de pasar desapercibida aún cuando se mueve como si fuera la sombra de su marido. Será porque él habla fuerte, casi gritando, como tanto les gusta a los cubanos. Ahora, en los pasillos de la Facultad de Letras, ella saca fotos mientras Leonardo lee los carteles que celebran la unión latinoamericana, reclaman por las Islas Malvinas, homenajean a Hugo Chávez y defenestran a los yanquis.

Los dos se detienen cuando aparece un retrato de Fidel Castro. El fotógrafo de Anfibia los mira buscando su aprobación.

—No, no, no —dicen serios.
Cuando Padura nació, en octubre de 1955, Fidel Castro ya estaba con Ernesto Guevara preparando la llegada al poder desde su exilio mexicano.

El socialismo era apenas un decorado en la infancia de Nardito. Todo lo que le preocupaba entonces era jugar al béisbol en la calle con sus amigos y llegar a ser, algún día, una estrella de la liga profesional.

—Si hubiera llegado, habría sido el Mourinho de la pelota. Porque tenía esa actitud de tomar riesgos y la sed de ganar.

Le llevó varios años asumir que no tenía las condiciones. Fue su primera frustración vocacional. Como no iba a ser pelotero, quiso probar con comentarista de béisbol. Pero la inscripción a la carrera de periodismo estaba cerrada ese año. Tachó la segunda opción y buscó una tercera: Artes y Letras. Tampoco se necesitaban de esos por el momento.

—El sistema socialista cubano sí requería filólogos. Así que, muy  libremente, decidí convertirme en filólogo.

Hasta ese momento jamás había pensado en escribir y ni siquiera era un gran lector: los 9 libros que había en la biblioteca de su casa, en realidad una Biblia y ocho ejemplares de Readers Digest, no podían competir con el béisbol callejero. Recién en la adolescencia incursionó en la lectura con Julio Verne y Emilio Salgari; lo que había en lo de un primo. Pero no fue hasta El conde de Montecristo, que leyó a los 14, cuando se sintió realmente conmovido por una historia. Y recién a los 19 se animó a las primeras líneas.

—Además de estudiar, debíamos cumplir unas horas de trabajo en el Estado. Y yo, que apenas sabía escribir con dos dedos a ritmo de tortuga, mentí y les dije que sabía mecanografía para que no me mandaran a ningún lugar complicado.

Fue una mentira acertada: lo designaron en la oficina de la Escuela de Letras de la Universidad de La Habana. Ahí, sentado frente a una máquina de escribir cuatro horas al día sin saber bien qué hacer, miraba a sus compañeros: Abilio Estévez a un lado, Arturo Arango al otro. Los dos –también publicados por Tusquets- escribían cuentos y aspiraban a novelistas; como casi todos en esa oficina.

— No fue tanto vocación como espíritu competitivo. Si ellos podían, ¿por qué yo no? Con la escritura me pasó lo mismo que con el béisbol: quería ser el mejor. 

La obsesión por León Trotski empezó dos décadas antes de que se publicara El hombre que amaba a los perros (2009), el libro de los 100 mil ejemplares; el que lo hace sentir el mejor, como él quería.

Hasta que entró en la Universidad, el nombre del jefe del Ejército Rojo no era para Padura más que el de algún personaje secundario de la Revolución Rusa. De los malos, claro; eso decían los dos únicos libros que circulaban oficialmente en Cuba: Trotski el renegado y Trotski el traidor.
Fue en 1989, en México y a sus 34 años, que el nombre de Lev Davídovich Bronstein sonó distinto por primera vez. Estaba en el DF, invitado a un encuentro de autores de género negro. En uno de los ratos libres, un amigo cubano-mexicano, Ramón Arencibia, lo llevó a visitar la casa del barrio residencial de Coyoacán en la que el revolucionario había pasado los últimos años de su vida, con un nombre falso y perseguido por la KGB. Padura vio la tumba en el parque, la biblioteca, la inútil garita de seguridad que custodiaba la entrada y la mesa en la que trabajaba ese 20 de agosto de 1940 cuando un pico para escalar en hielo le rompió el cráneo. Ahí supo, también, que su verdugo había sido un español llamado Ramón Mercader.

Volvió a La Habana convencido de que esa historia merecía ser contada. El mundo ya la conocía, pero los cubanos no. Llamó a los amigos en el exterior: dos colegas periodistas en México le consiguieron la causa judicial del asesinato y algunos libros, entre ellos Así mataron a Trotski; lo mismo hicieron otros de Rusia, España, Francia y Dinamarca.

En 1992, Padura descubrió el dato que le faltaba para que la historia pudiera escribirse desde Cuba: se enteró de que Mercader había vivido en La Habana, desde 1974 hasta su muerte en 1978. Lo conmocionó la idea de que el asesino de Trotski paseara libremente con sus dos galgos rusos por el malecón, la posibilidad de habérselo cruzado en cualquier esquina, en un bar o en la playa, la historia del asesino escondido en el buen vecino. Siguió investigando y recién diez años después sintió que estaba listo para escribir una historia verosímil desde su estudio de Mantilla.
Contarla le llevó cinco años y 765 páginas.

Gracias a las divisas que gana en el exterior en la alacena de su casa de Mantilla siempre hay un buen vino tinto argentino o español y café italiano. También le gustan los quesos franceses. Por eso nunca pierde la oportunidad de las visitas  internacionales para hacerse de alguna delicatesen que en La Habana no puede comprar ni el escritor más famoso.

Nunca pasó hambre, pero vio mucha a su alrededor. Y recuerda como un antes y un después el día en que pudo dejar de comer el pollo con piel: se la daban a una vecina, que la asaba para sacarle la grasa y usarla como aceite de cocina. Está acostumbrado a desear sin perder la paciencia y a quedarse con las ganas de un café aunque tenga los dólares en el bolsillo.

—Yo no, justo recién me tomé uno —mintió más de una vez a los colegas, sentado a la mesa de un bar en Europa.

Desde hace unos años ya no necesita mentir ni privarse de un café: si quisiera, las regalías de sus libros le alcanzarían para vivir en España o cualquier otro país. Pero a esta altura, dice, no le interesa. Podría adaptarse; si hay algo de lo que ya no tiene dudas es de su capacidad de supervivencia.

—En Mantilla nací yo, mis padres, mis abuelos y creo que mis tatarabuelos; ahí hice a los amigos, jugué pelota como un loco y tuve mi primera novia. Si no me fui antes, cuando todo era difícil, no lo haría ahora. Yo hoy en Cuba soy un privilegiado: tengo mi casa y mi carro.

No es sólo la comodidad. Si se hubiera ido, Mario Conde, el personaje de varios de sus libros, quizás no existiría.

—Un escritor es su contexto, su lengua, su cultura, su circunstancia. Una sociedad se va llenado cada vez de más capas que uno no puede conocer si se aleja…La literatura cubana de los escritores que han abandonado la isla tiene dos elementos que la afectan notablemente: la intención de denuncia política y la expresión abierta de un rencor. Además, por otro lado, nosotros llegamos primero.

Como buen germen del Hombre Nuevo que se suponía debía ser, cumplió con la contrapartida del socialismo: cortó caña y recogió café o tabaco, según las necesidades del país, hasta que le sangraron las manos. Era el sacrifico que su generación, la de los “mandados”, estaba dispuesta a hacer por el gran salto económico que iba a convertir a Cuba en una paradisíaca isla socialista. Muchos lo creyeron. Hasta 1989, cuando con la caída de la Unión Soviética,  el paraíso se convirtió en el infierno.

—En esos años era más fácil morirse que vivir porque los entierros eran gratis. En cambio, vivir cada día presentaba tres problemas: el desayuno, el almuerzo y la comida-.

Fue otra de las veces en las que pensó en irse. Como lo había hecho en 1983, cuando lo echaron de la revista cultural El caimán barbudo. Después de tres años en los que fue feliz escribiendo reportajes a personalidades, artículos sobre ferias, arte y cine, lo llamaron una tarde, al final del día, y le dijeron que estaba afuera. No le dieron explicaciones. Tampoco los necesitaba. Agarró la bicicleta y pedaleó hasta la casa de Lucía.

—Ella lloraba. Los dos sabíamos que no me sacaban por inútil, sino porque era un problemático ideológico.

El castigo fue pasar a la redacción de Juventud Rebelde, uno de los diarios oficialistas. Pero lo que se suponía iba a ser una condena, terminó siendo un regalo:

—Durante seis años escribí lo que se me dio la gana. Nunca supe qué pasó, pero la vigilancia se disipó y pude dedicarme al periodismo con una libertad que hasta hoy me resulta increíble.

Juventud Rebelde le dio también la primera oportunidad de salir de Cuba. No fue la que soñaba: el 8 de octubre de 1985, un día antes de cumplir 30 años,  partió rumbo a Angola como corresponsal de guerra. Allá recibió entrenamiento militar y pasó un año en un campamento civil con un AK-47 a su lado. No estuvo en el frente, no vio sangre ni muertos, pero dice que eso no aliviana el costo emocional de la experiencia. Cuando volvió, estuvo listo para empezar a escribir más que periodismo: la guerra terminó de entrenar su “detector de mierda”, esa capacidad que según Ernest Hemingway diferencia a los grandes novelistas de todos los tiempos. Esa que hace de Padura un escritor que se despierta cada día con la intención de ser optimista y, antes de que se ponga el sol, sólo ve el futuro de Cuba y de la humanidad negros.

—Si no eres un buen detector de mierda, sólo escribirás fábulas infantiles para niños infradotados —repite las palabras que el autor de Por quién doblan las campanas le dijo a París Review antes de que él aprendiera a  hablar.

En 1991, Padura estaba en Madrid trabajando en un documental sobre inmigración catalana. Aprovechó su visita a las oficinas de Televisión Española para llamar a su casa y no gastar los viáticos. Al otro lado de la línea, Lucía atendió contenta:

— Tengo una buena noticia.

—¿Qué pasó?

—Ganaste el premio de novela del Ministerio del Interior

Leonardo festejó; aunque del todo no lo creía. Era su segunda novela y el debut de Mario Conde, un policía devenido detective de crímenes que iba a contarle al mundo otra realidad de la vida en Cuba: la de la corrupción, la escasez, la supervivencia, las frustraciones, las injusticias y las utopías; a veces irónico y otras cínico, siempre con humor y de una honestidad tan inquebrantable como inverosímil.

Tres días después del llamado, cuando Leonardo bajó del avión en el aeropuerto de La Habana, la cara de Lucía no era la de la esposa de un ganador. 

—No te lo dieron el premio. Lo dejaron desierto —le dijo.

Unos meses después, uno de los jueces del concurso le confesó que lo había ganado por unanimidad. Pero que la noche anterior a la premiación, sin explicaciones, llegó la orden de dar marcha atrás. Padura no se sorprendió. Ni siquiera se enojó. En el viaje había ahorrado los dólares suficientes para comprarse una computadora. Y eso le importaba más que cualquier reconocimiento. Tenía la certeza de que lo otro iba a llegar en algún momento. O no. Mientras, tenía dónde seguir escribiendo.

Dos años después, la Unión de Escritores y Artistas de Cuba no se arrepintió: le entregó el primer premio oficial por Vientos de cuaresma, la segunda novela de Mario Conde. Cuando se imprimió en 1994, el peor momento de la isla, Padura ya tenía historias y anécdotas para las próximas aventuras del detective. Tantas, que casi duplica la tetralogía que había planificado para él: en 2011 publicó La cola de la serpiente, el séptimo de la saga. Y le dio un papel en la trama de Herejes, su última novela que se publicará en septiembre.

—Parece que Conde es inmortal —bromea.

Conde le abrió la puerta de Tusquets y de Europa, lo salvó de las privaciones del Período Especial, lo hizo conocer el mundo y le dio una docena de premios afuera de Cuba, entre ellos tres Hammett y el Raymond Chandler. Pero fueron Trotski y Mercader los que convencieron al Ministerio de Cultura de que el escritor de Mantilla merecía el Premio Nacional de Literatura, el más importante al que un escritor cubano puede aspirar.

“Con esto no te han dado el lugar que mereces, ha sido el premio el que se ha justificado a sí mismo. Nadie como tú para poner en evidencia que golpear cada día el yunque saca chispas en el metal más duro”, le escribió desde España su colega, amigo y primer lector Abilio Estévez.

Para el diario Granma, órgano oficial del comité central del Partido Comunista, la noticia mereció dos párrafos. Padura no lo esperaba. No sólo porque nunca antes un escritor de su generación lo había ganado; sino porque ese optimismo no encajaba en el carácter del escritor que después de poner el punto final a una novela, le decía a su mujer:
—Esta no se publica en Cuba.

Nunca acertó el pronóstico. Tampoco abandonó su pesimismo: en 2002, cuando le puso el punto final a La novela de mi vida, su obra más celebrada hasta que llegó Trotski, y en la que reconstruía la historia del poeta José María Heredia, fue más lejos con sus predicciones fallidas:

—Lucía, tenemos tres opciones. Una, que este archivo quede en el disco duro de mi computadora hasta que lleguen tiempos más favorables. Dos, que me siente a reescribir las cosas que puedan resultar urticantes; algo que no me convence para nada. Tres, que apriete el teclado y se lo envíe a mi editora en Barcelona. Si así va a ser, voy a necesitar que alguien me lleve cigarrillos a la cárcel.

Otra vez le erró. El libro se imprimió y ganó el Premio de la Crítica.

Acaba de volver a Buenos Aires después de un viaje relámpago a Rosario para participar de la quinta mesa en diez días. En todas iba a hablar de literatura y terminó discutiendo sobre Fidel Castro. Creyó que Herejes, la novela que publicará en septiembre, podía desviar el eje de la política. Se equivocó. Padura sigue y seguirá siendo un escritor que vive y publica en Cuba.

Por Paula Bistagnino y Dolores Caviglia.
Fuente Anfibia:  http://www.revistaanfibia.com/cronica/padura-el-pesimismo-de-un-escritor-exitoso/