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6 sept 2014

Giulia Tamayo León, incansable defensora de los Derechos Humanos (1959-2014)

Una vida con sentido por Sara Cuentas.

Quien defiende los derechos humanos ante la humanidad con dignidad, compromete su vida por causas consideradas perdidas y asume los desafíos más feroces para hacer posible un mundo donde todas las personas, sin distinciones ni jerarquías, vivan en igualdad de condiciones y oportunidades. Un mundo donde la Justicia, la Verdad, la Reparación y la Reconciliación sean prácticas perennes y pasen de ser utopías a realidades presentes.

Giulia Tamayo León, sin duda ya forma parte de la historia humana como feminista universal y valerosa defensora de los derechos humanos, porque desafió con su compromiso vital las múltiples opresiones que agreden, conculcan y destruyen la dignidad y el buen vivir de la comunidad humana y su entorno. Hace cinco meses, el pasado 9 de abril de este año, Giulia se transofromó de raíces en alas para comenzar a existir. "Cada persona somos lo que hemos amado durante nuestra residencia en la tierra, es lo único que nadie podrá arrebatarnos. Amar, construir nuestra felicidad y apoyar a la de las otras personas, ésa es nuestra tarea en la vida que, demasiadas veces, se olvida o se posterga".
En esencia, era así la manera que tenía Tamayo de respirar, de sentir y conectar con el mundo: "Las personas que defienden los derechos humanos aunque padezcan momentos enormemente difíciles, desarrollan capacidades para no dejarse vencer. Amar a las personas que son víctimas de abusos, conlleva exponerse al sufrimiento no sólo por la empatía con ellas y por las represalias por ejercer lo que son legítimas actividades, sino por la incomprensión de quienes no valoran estos esfuerzos". 

Tamayo era una viviente sintiente que amaba en simbiosis, tomando en cuenta la existencia imprescindible de todo ser que forma parte del planeta."Madrugar con una mirlo en tu balcón con un canto sin letra te hace intérprete de las vibraciones con que insiste para que escuches. Recibido el mensaje, hermana mirlo". 

Ella tenía una manera muy original de armonizar con la sabiduría ancestral de las mujeres, a quienes el sistema colonial (etnocéntrico, heteropatriarcal y racista) mantiene victimizadas u oprimidas invisibles. En cambio, Giulia las honró, reconoció y convivió en horizontalidad y sinergia, desde la firme pretensión de ser una más entre todas. "En quechua existe la palabra ñoqayku, el nosotras y nosotros (exclusivo) que difiere de ñoqanchis, el nosotros y nosotras (inclusivo). En la lucha por los derechos de las mujeres que fueron objeto de violencia en mi país devine hermana de mis compañeras indígenas y rurales con toda la fuerza corporal, afectiva y política". 

Giulia se sabía así misma consonante con sus hermanas y hermanos indígenas, nunca se sintió protectora, sino aliada, nunca salvadora sino compañera. Y esa conexión vital de “nos tocan a una, nos tocan a todas” la llevó a recorrer caminos insondables y llenos de obstáculos, pero con la esperanza firme y la energía serena para transformarlo todo. "Nadie nos dijo que vivir fuera fácil, pero alguien me dijo que debía tener sentido". 

Giulia compartía sus conocimientos situados y su formación epistemológica sin jerarquía ni etnocentrismo. Era crítica de los tecnicismos que han despolitizado el feminismo. Ella apostaba por su descolonización. "Ciertos discursos feministas han servido de comparsa a agendas que sólo tácticamente emplean nuestra lucha por la igualdad entre hombres y mujeres. Desde el poder se emplean numerosos recursos para metabolizarnos. Han pretendido despolitizar nuestras luchas reduciendo el discurso de las cuestiones de género a un saber técnico".

La claridad de sus reflexiones te devolvían el alma, aun cuando analizaba situaciones adversas para la humanidad. "La mayor amenaza procede de aquellas expresiones que estimulan el miedo y los fundamentalismos en el marco de una enorme voracidad que incrementa la exclusión y el despojo de medios de vida a la mayoría del planeta. Nuestra oportunidad reside en la movilización global que se viene expresando en diferentes lugares del planeta. De nuestra participación en esas expresiones depende agenciar cambios radicados en una resistencia creciente a no someternos al engaño". 

Nunca habló a medias y, aunque las verdades parecieran incómodas, evidenció su dolor debido a la incoherencia, al silencio y la complicidad de personas u organizaciones frente a violaciones de los derechos humanos. Sobre todo, en los miles de casos de esterilización forzada, ocurridos durante el gobierno de Fujimori (1996-2000). "La justicia y la reparación es una deuda pendiente y escandalosamente postergada para quienes padecieron estos abusos. Hay estructuras de poder instaladas que quieren pasar página. Incluso desde cierto feminismo que se situó próximo al poder oficial, hubo quienes miraron para otra parte. Para mí esa conducta fue una página dolorosa pero que me dejó aprendizajes clave para la acción por los Derechos Humanos de las mujeres. Marcó mi opción para situarme y correr la suerte de aquellas que, pese a la adversidad, libran la batalla por la dignidad humana". 

Mantuvo firme su condición de defensora de los derechos humanos, ahí donde era pertinente y necesaria. "Pido que circulen estas líneas que responden a mi deber ético elemental de dar testimonio sobre los abusos cometidos por las fuerzas de seguridad hoy 4 de agosto delante del Ministerio del Interior en Madrid. Lo hago desde mi condición de defensora de los derechos humanos cuyo ejercicio he buscado honrar en diferentes lugares del planeta. Lo ocurrido esta noche es un escándalo. Se ha tratado de un operativo de castigo contra una manifestación pacífica, en el marco de una movilización ciudadana que viene recorriendo las calles tras la ocupación policial de la Puerta del Sol con el impedimento de la libre circulación de las personas". 

Giulia jamás perdió su gran sensibilidad humana ni su ternura en medio de la tempestad. Allí donde la desolación parecía tragarse la tierra, ella vio luces de esperanza en las miradas de la tierna resistencia. "Sigo acumulando pruebas de abusos contra el poblado gitano de Puerta de Hierro. La medianoche del jueves me encontré con las caritas de los niños y las niñas que me miraban con los ojos grandes del pánico tras el despliegue policial con porras, armas, guantes y cascos. Un gatito blanco pequeñito se apoltronó en mi silla mientras recibía los testimonios a la intemperie durante esa larga noche. Cuando me levanté me miró con los ojos de los niños". 

Su enfoque crítico frente a los gobernantes y sus políticas le permitió analizar con pertinencia la existencia real o efímera del estado de derecho. "Cuando intento distinguir a los gobiernos y sus políticas, pongo en valor el respeto que le concedan a la palabra dada y a los derechos humanos. El autoritarismo es la hoja de ruta de quienes no pretenden ganarse el corazón de la gente, sino envenenarnos siempre para que no podamos entendernos".

Como defensora de derechos humanos le daba un vuelco el corazón cuando la indiferencia y la ignorancia eran cómplices de las barbaries. "Las expresiones de odio (hate speech) raras veces las he encontrado en las víctimas de graves abusos contra los derechos humanos. Las he hallado en quienes son incapaces de reflexionar sobre el sufrimiento humano; con frecuencia en quienes están dispuestos a causarlo por desconocer lo que es el dolor. Beben de su ignorancia y se crecen entre sujetos similares. Me espanta el poder que adquieren bajo las crisis". 

Giulia partió dejándonos preguntas con respuestas, aquellas que brotaron de sus más de 30 años de activismo y saber situado, donde su experiencia vital se volvió conocimiento para defender la vida en armonía. "¿De dónde sacamos la garra para vivir? ¿De dónde brotan las fuerzas para desafiar lo injusto? ¿De dónde la alegría, la risa y el ingenio? De caminar con otras y también con otros, de sabernos pares que es cuando se saben ciertos los abrazos, de recorrer la memoria de la piel y de los sueños, de experimentarnos en conexión contra todo mandato y pronóstico de abismos. Soy parte de la vida multiplicada que pese a todo se abre paso. Llevamos heridas pero ¿quién puede derrotar el impulso por la vida?". 

Leyendo a Flora Tristán, Giulia supo honrarla cuando vindicó con su vida: "Mi religión es mi amor a la humanidad, y mi patria el universo". No en vano afirmó: "Amar es el sentimiento y la acción de más alto riesgo en este mundo, pero es la única evidencia de vivir verdaderamente".
Sara Cuentas 
Fuente La Mula:

1 may 2014

Giulia Tamayo, una activista a la que nadie puso de rodillas


Giulia Tamayo León  (Lima, 1959) falleció el pasado 9 de abril en Montevideo. A los 55 años, a ella, luchadora infatigable, le tocó esta vez perder una de las muchas batallas que libró, la que le plantaba desde hacía tiempo al cáncer. Abogada que empleó su formación jurídica para la tenaz defensa de los derechos humanos, ejerció esta vocación en su Perú natal, en España, Colombia, República Democrática del Congo, en su última etapa en Honduras y allá donde tuvo oportunidad, porque motivos, desgraciadamente, nunca le faltaron. En 1998 publicó su informe Nada personal, que destapó el plan de esterilización quirúrgica masiva en el Perú de Fujimori.  

A Giulia Tamayo  no se la rendía fácilmente. No lo logró el dictador peruano a pesar del acoso al que la sometió cuando denunció las esterilizaciones forzosas que les fueron practicadas a miles de indígenas durante su mandato. Miles de mujeres a las que se les engañaba o coaccionaba y que en ocasiones morían como consecuencia de las intervenciones. Giulia documentó exhaustivamente esa violación de los derechos humanos con ayuda de víctimas valientes que no quisieron ser solo víctimas. Tampoco la derrotó el terrorismo deSendero Luminoso, que le descerrajó un tiro en la pierna por atrevida. Ni mucho menos Ana Botella, alcaldesa de Madrid, promotora de decenas de desalojos forzosos de viviendas, a la que Giulia se enfrentó como investigadora de Amnistía Internacional con un arsenal de argumentos para impedir que familias enteras de los asentamientos precarios de Cañada Real y Puerta de Hierro se quedaran en la calle. Entre ellas, la de la niña Shakira, enferma de cáncer y obligada en nombre del ordenamiento urbanístico a sobrellevar su tratamiento bajo el cobijo de una furgoneta, a la que defendió mediante la acción urgente y legislación en mano. O las familias del Gallinero, que recorría una y otra vez con su mala salud de hierro, como hubiera dicho Neruda.

Giulia fue mi compañera en la Amnistía Internacional de comienzos del presente siglo, cuando la estructura de la organización en España no alcanzaba la veintena de personas y cada acción era pura artesanía tejida a base de corazón y coraje y nunca se sabía dónde acababa el trabajo y dónde empezaba el activismo. En realidad, ella nunca se molestó en comprender la diferencia, de modo que vivía e investigaba con la misma entrega, a manos llenas, igual que disfrutaba del buen vino o cantaba canciones de la Nueva Trova Cubana con los ojos entornados.

Siempre nos sorprendía su capacidad de encontrar la referencia de jurisprudencia precisa entre su particular caos de papeles, hábitat en el que se alojaba una lucidez y un conocimiento sobresaliente del derecho internacional sobre derechos humanos. Discutir con ella una nota de prensa era una guerra de trincheras en la que mal lo tenía quien quería convencerla de la necesidad de suavizar los términos jurídicos en favor de la claridad que exige el lenguaje periodístico.

No, a Giulia no se la derrotaba fácilmente. Sin personas como ella quedamos un poco más desvalidos, más indefensos, más desprotegidos ante quienes consideran la vida una anécdota prescindible, sobre todo si es la de los pobres. Brindamos por ti, compañera.


Celia Zafra es periodista y activista por los derechos humanos.

9 abr 2014

Cenizas de buena gente: Giulia Tamayo

Giulia Tamayo, investigadora de Amnistía Internacional. Copy: AIUn pequeño homenaje a una defensora de derechos humanos, a una gran compañera, a un ejemplo infatigable de dignidad. Una persona que nunca se rindió. In memoriam Giulia Tamayo. Descansa en paz.
Conocí a Giulia Tamayo a finales de febrero de 2003, cuando me presenté al proceso de selección de responsable de prensa de Amnistía Internacional. Yo tenía 27 años, una chaqueta de pana, un montón de artículos bajo el brazo, unos nervios incontrolables y muchas ganas de trabajar en derechos humanos. Ella era la responsable de Campañas de la organización y formaba parte de las personas que iban a entrevistarme.

Giulia me recibió con una mirada profunda y cálida, casi maternal, capaz de enternecer a cualquiera y me dio toda su confianza sin apenas pronunciar una palabra. En la entrevista, también estaban el Director de Amnistía Internacional, Esteban Beltrán, y la entonces presidenta, Eva Suárez-Llanos, que me acribillaron a preguntas durante casi dos horas sobre mi experiencia laboral, mis intereses y qué sé yo qué más vainas.

Fueron los ojos indígenas de Giulia los que me dijeron: “sigue, sigue, vas bien, demuestra lo que vales”. Yo tenía 27 años y comenzaba a trabajar en la organización de derechos humanos más importante de España.

A partir de ahí, fueron muchas las anécdotas y las lecciones de Giulia, dentro de su caótico-desorden-organizado-solo-sabe-ella-cómo. De las últimas, la recuerdo sentada en el suelo de su despacho, rodeada de papeles, buscando los datos de su última investigación sobre los desalojos forzosos en la Cañada Real. O poco antes de reunirse con la alcaldesa Ana Botella para tratar el caso de Shakira, una niña con cáncer que residía en una furgoneta en el poblado de Puerta de Hierro de Madrid.

O aquella navidad de 2007, cuando salió a la luz la ley de Memoria Histórica y los días previos, con las prisas y los trajines, y la decepción que nos causó la ley, después de años de trabajo (Giulia hizo el primer informe de Amnistía Internacional sobrevíctimas de la guerra civil y el franquismo en 2005), estuvimos a punto de no tener nochebuena, porque Giulia no aprobaba el comunicado de respuesta ni a tiros y mi compañera María del Pozo y yo queríamos irnos a casa con nuestras familias.
Giulia Tamayo en uno de los actos de protesta de Amnistía Internacional. Copy: AI
Giulia Tamayo en uno de los actos de protesta de Amnistía Internacional. Copy: AI

Qué decir de la satisfacción de Giulia cuando nos contó lo que que sintió el 10 de diciembre de 2007 en Lima, durante elmacrojuicio a Fujimori. O cuando lanzamos la campaña contra la violencia hacia las mujeres que tanto impulsó en España. Y la lucha que lideró por la aplicación de la jurisdicción universal en nuestro país. El caso Pinochet, el caso Couso, el caso Garzón. Tantos nombres, tantas entrevistas a las que la acompañé. Tantos cigarros que nunca dejó de fumar, tantos ronesque bebía de a poquito o aquellas bayas chinas que le dio por comer a última hora como si fueran pipas. 

Y luego el cáncer, ese cruel enemigo, al que venció en un primer momento y que solo la mantuvo fuera de juego un tiempo.Recuerdo la fuerza con la que volvió, con un pañuelo pirata anudado en la cabeza y más cañera que nunca, quizá consciente de que la vida le brindaba otra oportunidad. Tenía tantas cosas por hacer . Giulia fue entonces la investigadora por excelencia de Amnistía Internacional. No se dejó intimidar nunca. Tampoco se rindió. Convivió con el cáncer, igual que convivió toda su vida con el peligro: sin importarle demasiado.

Estudió derecho en su ciudad, Lima, y desde el principio abogó por las causas sociales, dando a apoyo a presos, campesinos, mujeres y colectivos populares.
En 1984 formó parte del Centro de la Mujer Peruana Flora Tristán, la primera organización feminista de Perú y de toda América Latina. Defendió a mujeres maltratadas y a sus hijos.
Después fue la investigadora encargada por CLADEM (Comité de América Latina y el Caribe para la defensa de los Derechos de la Mujer) del trabajo sobre violencia contra las mujeres en los servicios públicos de salud y el programa de esterilización quirúrgica en Perú. Por esta investigación, fue victima de acciones intimidatorias y amenazas de muerte desde 1997. En aquel tiempo, Amnistía Internacional entró en su vida con una acción urgente para protegerla. Giulia vivía entonces entre dos fuegos, paramilitares en connivencia con el gobierno peruano y el grupo armado Sendero Luminoso. En una de sus piernas llevaba metralla tras ser víctima de un atentado.
En 2001 tuvo que dejar Perú para salvar su vida y se exilió en España, donde se estableció, con algunas interrupciones, como la que le llevó a investigar durante varios meses los numerosos casos de violencia sexual contra mujeres en la República Democrática del Congo o el uso de la violación como arma de guerra en varias partes de Colombia, trabajos todos que han contribuido a hacer públicas violaciones y abusos de derechos humanos.
El equipo de Amnistía Internacional despide a Giulia Tamayo, antes de que se marchara a Honduras. Copy: AI
El equipo de Amnistía Internacional despide a Giulia Tamayo, antes de que se marchara a Honduras. Copy: AI

Hace un año se trasladó a Honduras, para trabajar nuevamente sobre el terreno, en defensa de los derechos humanos, ya fuera de Amnistía Internacional contractualmente, pero no moralmente. 

Giulia apagaba siempre las luces de nuestra oficina. Era la última en irse. Y hoy ha sido la primera en marcharse, a sus 55 años muy bien vividos y exprimidos. 

Ocurrió de madrugada, en Uruguay, donde fue a buscar su último remanso de paz. Como nos ha escrito su inseparable compañero, Chema: “El afortunado puñado de polvo de estrellas que fue animado por Giulia en un airoso cuerpo de mujer, durante 55 años y casi 9 meses, es ahora un montoncito de enamoradas cenizas”. Te queremos, Giulia. Y  no te olvidamos.