5/30/2016

RTVE: Hissène Habré, condenado a cadena perpetua por crímenes contra la Humanidad

Hissène Habre, el hombre que se creía impune.
Por Gemma García
RTVE

A Hissein Gambier la celda se le ponía boca abajo cuando sus torturadores le atronillaban las sienes. “Tenía la sensación -cuenta este soldador chadiano- de que me iban a estallar los ojos”. Mbaissourom Manda recuerda más la peste de la prisión, los gritos de terror, las descargas eléctricas y el “arbatachar”, un antiguo método de tortura que consiste en atar los brazos y las piernas del preso a la espalda. Mariem Amaifouta todavía sueña a diario con las violaciones y Souleymane Guengueng tiene tatuada en la memoria la imagen de sí mismo vomitando pus y sangre…y pidiendo la muerte.
Hay más historias como estas, tantas como las 200.000 personas que, según Human Rights Watch, fueron torturadas durante los años de plomo de la dictadura de Hissène Habré en Chad. Ocho años (1982-1990) que se saldaron con unos 40.000 asesinatos y que constituyen otro de esos capítulos brutales y vergonzantes de la historia reciente de África.
Paradojicamente Paradójicamente, también, un caso insólito en el campo de la justicia criminal internacional. “Nunca en un juicio por crímenes contra la humanidad las voces de las víctimas habían sido tan predominantes”. Lo explica el corresponsal del New York Times en Senegal, Thierry Cruvellier, en la crónica con la que cierra el juicio a Habré, celebrado en Dakar entre julio de 2015 y jebrero de 2016. Allí se pudieron escuchar los testimonios de Hissein, Mbaissourom, Mariem, Souleymane y otras 90 personas, que relataron en la sala el horror provocado por un hombre de 73 años sentado a unos pocos metros, que apenas dejó de gritar, bramar e insultar durante todo el juicio.

8 años de pesadilla
Genio y figura… Incluso 16 años después de haber sido detenido, Hissène Habré, apenas puede creer que su caso haya llegado tan lejos convirtiéndole en el primer ex jefe de estado de una nación africana juzgado por un tribunal de otra. Un largo camino que empezó, por poner una fecha, en 1979.
Aquel año, Habré fue nombrado ministro de Defensa de un gobierno interino formado por los vecinos del Chad. En 1982, él y sus 2.000 combatientes se hicieron con el poder, declararon la fundación de la Tercera República del Chad y empezó la pesadilla. Bajo el régimen de Habré casi todo el mundo era sospechoso: civiles, militares, mandos intermedios y miembros de las dos principales tribus, los hadjerai y los zaghawa.
Sólo en la capital, Yamena, se construyeron siete centros de detención, la mayoría en antiguas piscinas de la época colonial francesa, tapadas con cemento y con las celdas bajo tierra. Allí se pudrían hacinados cientos de presos, bajo la atenta mirada de la Dirección de Documentación y Seguridad (DDS), los servicios secretos del régimen. Cuando la DDS llamaba a tu puerta sabías que, en el mejor de los casos, pasarías años sin volver a ver a tu familia.

"El Pinochet africano"
Todo esto fue así hasta que, en 1990, las fuerzas leales al presidente actual Idriss Déby se hicieron con el control de la capital y obligaron a Habré a huir. Se instaló en una mansión en Senegal y pensaba llevar una vida de lujo e impunidad bajo el paraguas de quienes habían sido sus principales aliados, Francia y Estados Unidos.
Pero hubo dos hombres, Souleymane Guengueng y Reed Brody, que decidieron no permitirlo. Guengueng se había jurado a sí mismo que, si sobrevivía, haría justicia y Brody, un abogado comprometido con los derechos humanos que llevaba años denunciando la brutalidad del régimen de Habré, vio la luz cuando en octubre de 1998 la justicia española ordenó el arresto del dictador chileno, Augusto Pinochet, en Londres. “Se ha abierto la caja de Pandora -declaró Brody entonces- y será muy difícil cerrarla”
La justicia europea había aplicado por primera vez el principio de jurisdicción universal, por el cual los crímenes contra la humanidad pueden ser juzgados en terceros países, y Brody decidió convertir a Habré en "el Pinochet africano".

Apoyado por las víctimas, con Guengueng a la cabeza, el abogado empezó una larguísima carrera de obstáculos. El primero, en el año 2000, cuando llevaron el caso ante la justicia senegalesa y los tribunales dictaminaron que no tenían autoridad. Tuvieron que pasar 12 años hasta que el presidente Macky Sall asumió el poder en Senegal, aceleró el proceso y propició la creación de un Tribunal Africano Extraordinario auspiciado por la Unión Africana. Tan extraordinario que, al sentar en el banquillo al dictador chadiano por crímenes de guerra, torturas y crímenes contra la humanidad, no sólo ha demostrado que los intocables pueden dejar de serlo sino que ha abierto un precedente en el debate sobre la Corte Penal Internacional (CPI). De hecho, la Unión Africana quiere poner este juicio y el veredicto como ejemplo de que los países africanos pueden juzgar a sus propios líderes y prescindir del Tribunal de La Haya, cuyos 29 primeros acusados han sido africanos.

"Pase lo que pase, aseguró Brody el día que el juicio quedó listo para sentencia, ya hemos llegado donde parecía imposible. "Sólo quiero que se sepa la verdad - se lee en una de las últimas entrevistas de Guengueng- y mandar un mensaje a todas las víctimas: no os rindaís nunca.

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