9/29/2016

Un verdadero Defensor del Pueblo

Un verdadero Defensor
"A Eduardo Vega Luna, Defensor del Pueblo, por su compromiso firme y coherente en la defensa de los derechos humanos y la promoción de la justicia. Con gratitud y admiración, Paz y Esperanza”. Ese fue el texto que inscribimos en el presente que le entregamos el 19 de enero del presente año, cuando con ocasión del vigésimo aniversario institucional de Paz y Esperanza quisimos reconocer en personas como el doctor Vega los valores que nos inspiran.
Ese día Eduardo nos dijo, sin ningún atisbo de queja por cierto, que era la primera vez que le ofrecían un reconocimiento público, y lo noté naturalmente emocionado pero especialmente agradecido. Estaban allí amigos y amigas con quienes, desde muy joven, había compartido inquietudes y servicios relacionados con los derechos humanos, y fue entonces oportunidad para recordar hechos, personas y, para decirlo más precisamente, un tiempo para conmemorar la amistad y el compromiso.
El compromiso al que me refiero es ese que denota preocupación por nuestro prójimo y convicción que la vida adquiere un mejor sentido cuando se dedica a servir a los demás. Particularmente a aquellos a quienes se les desconoce dignidad y niega derechos. A Eduardo lo conocimos así, involucrado desde la Comisión Episcopal de Acción Social (CEAS) en la atención de las personas encarceladas, en un contexto muy complicado para el país, donde entre aquellas había miles de injustamente recluidas.  
Difícil hablar de inocentes en tiempos que una simple sindicación o sospecha convertía a cualquier ciudadano en terrorista, y podías estar caminando de regreso a tu casa o dirigiéndote a tu centro de estudios, trabajo o cualquier otra parte, y llegar pocos días después a una celda luego de un kafkiano proceso, con una muy probable condena de 20 años de cárcel en el mejor de los casos.  
No era fácil, entonces, dedicarse a un asunto como ese, pero ineludible para quienes –como Eduardo- sabía reconocer los lugares donde había personas que experimentaban con mayor gravedad  la injusticia y el despojo. Con Eduardo y otros amigos y amigas anduvimos llamando la atención para que se mejore las condiciones de reclusión de todas las personas encarceladas, y fue así que constituimos una mesa interinstitucional para analizar la problemática y plantear alternativas a la realidad penitenciaria, a la vez que organizábamos campañas de solidaridad, entre otros esfuerzos.
Tiempo después, en 1996, Eduardo ingresa al equipo de la Defensoría del Pueblo, y desde allí empieza una carrera desde la cual exhibe esa firmeza y coherencia que hoy, 20 años después, y desde siempre, se le reconoce y aprecia.  
Eduardo Vega ha sido clave en una institución que ha sabido jugar el rol para el que constitucionalmente fue creada. Durante toda su trayectoria, y más nítidamente cuando fue elegido primer adjunto de la institución y en los cinco años que ejerció como Defensor del Pueblo, supo honrar la función que se le encargó, siendo merecedor del respeto ciudadano que la institución y él mismo consiguió. 
Que no haya estado entre los candidatos a Defensor del Pueblo, en la lista del actual Congreso de la República, es señal inequívoca de su idoneidad.  Un funcionario decidido, que no vaciló ante la arbitrariedad, y que trabajó perseverantemente para defender los derechos constitucionales y fundamentales de la persona y de la comunidad, es incómodo para quienes prefieren un Estado ambivalente y permeable a sus intereses.      
El reconocimiento público que acertadamente le ofrecimos en enero fue el primero, pero ya le han brindado otros que sin duda merece una persona como él. Con la sencillez de siempre, comprometido, firme y coherente, hemos tenido en Eduardo Vega un verdadero Defensor.
Por Germán Vargas Farías

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