9/22/2015

INFOJUS: “No podemos legitimar la explotación sexual”

Alika Kinan es una sobreviviente del delito de trata sexual. Hace tres años la rescataron del prostíbulo “Sheik”, en Tierra del Fuego. Pudo salir del circuito prostibulario y, al mismo tiempo, romper con una historia genealógica de madre, abuela y tía en situación de prostitución. Ahora, es querellante en la causa que busca juzgar a sus proxenetas y también cuenta su historia en primera persona para ayudar a otras chicas. El fin de semana fue expositora durante el II Congreso Patagónico contra la Trata, en la Universidad Nacional del Comahue, en Neuquén, y accedió a una entrevista con Télam e Infojus Noticias.

“Cuando entendí que estaba repitiendo la historia de las mujeres de mi familia, cuando pude reconocerme como víctima, ahí comencé a reconstruirme. Yo tenía el speech del proxeneta pero María, la secretaria de la fiscalía, me preguntó cómo había llegado y ahí hice el click”, comparte Alika, mientras prende un cigarrillo y continúa con su reflexión: “Hay situaciones de mucha agonía donde la mujer no quiere reconocerse como víctima por la vergüenza, por el dolor. ¿Qué mujer se quiere reconocer como víctima?”.

Alika siempre está alerta. Ese estado de atención lo heredó de los años en los que fue víctima. “Cuando se cierra la puerta, lo único que esperás es que no te pegue, que no te mate y que el turno termine pronto. Es sobrevivir cada vez que entran en tu cuerpo”, explica esta mujer que define como “consumidores de cuerpos” a los “clientes” o prostituyentes.

Cuando tenía 15 años, la separación de sus papás la empujó a una situación de vulnerabilidad. Ellos dejaron de estar juntos y la abandonaron, junto a su hermana de diez años. Por entonces, la familia vivía en la provincia de Córdoba y la mayor quedó a cargo de la más chica. Para sobrevivir, Alika 2primero intentó cocinar alfajores y venderlos. Pero la plata no alcanzaba. Tiempo después, una amiga le sugirió ir a golpear las puertas de un “privado”. A partir de ahí, quedó atrapada en un entorno de violencia machista y en una red de trata que la llevó hasta la ciudad más austral del mundo, en 1996.

Con la entrada en vigencia de la ley contra la trata, muchos de los prostíbulos que funcionaban bajo la fachada de “whiskerías” empezaron a ser desbaratados. En octubre de 2012, fue el turno de “Sheik”, donde era explotada Alika junto a una decena de mujeres. “Yo estoy acá porque quiero”, dijo primero, en la entrevista con la funcionaria judicial. Pero, después, su discurso comenzó a flaquear.

Pedro Eduardo Montoya y su mujer, Claudia Quiroga, eran los proxenetas que quedaron imputados por la explotación de las mujeres. Ambos se encuentran en libertad, a la espera del juicio en el que se debatirán sus responsabilidades.

Hoy, Alika tiene 38 años y cinco hijos. Tiene claro que no quiere un mundo donde la prostitución sea entendido como un trabajo: ella es abolicionista y, también, se define como feminista. Al II Congreso Patagónico contra la Trata se acercaron muchas mujeres que están contra el abolicionismo. Una de ellas, cuando la escuchó hablar a Alika, se quebró y le pidió ayuda para poder salir. Se reconoció como víctima. “Yo tampoco quiero más que me cojan”, le dijo. Alika la apartó y le habló por fuera del Congreso, en la intimidad. La mujer siguió yendo a todas las charlas. Los miembros de la Fundación Irene, que organizaron el Congreso, también le ofrecieron ayuda.

Alika es defensora de la libertad pero cuando se trata de prostitución y explotación sexual, para ella, “no existe la libre elección”. “Elegís cuando tenés distintas opciones y, en este caso, sólo tenés un camino. El feminismo pelea por desarmar la estructura patriarcal, por eso no podemos legitimar la explotación sexual", explica. Y resume: “No se puede reglamentar la prostitución”.

“No se puede sostener esa situación. Primero, te das cuenta que no se sostiene por la disociación de la personalidad. Cuando te cambian el nombre, o vos misma te cambias el nombre, porque querés convertirte en otra persona y no en esa madre, hermana, hija, esa estudiante universitaria. No das la cara porque es vergonzoso: nadie quiere una hija, una madre, una hermana puta. Pero son los mismos que muchas veces compran el cuerpo de las mujeres para fortalecer su situación de ‘hombres’. Eso es la estructura patriarcal”, apunta.

La voz de Alika es fuerte y marca presencia cada vez que se la escucha. Pero cuando le preguntan por sus hijos y su historia personal, se quiebra. “La mayor, de 15, sabe todo. La tengo que armar para que tolere los discursos externos. Fui instalando el tema en nuestras charlas. Las otras no lo saben. Voy abriendo el camino", cuenta.

Además de encarar la tarea de armar una organización para ayudar a otras víctimas, Alika busca que se haga Justicia en su caso y en otros. Por eso, cuando puede, se acerca a cada juicio que se desarrolla en territorio patagónico y está en contacto permanente con los operadores judiciales. Habla con los fiscales para que “recuerden que lo que hacen, lo hacen por mí y por miles de mujeres”.

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