7 mar 2020

Ronald Gamarra: "Los hombres ante la lucha de las mujeres"

Los hombres ante la lucha de las mujeres

Estamos en vísperas del Día Internacional de la Mujer, que se conmemora el 8 de marzo, y con este motivo se renuevan los compromisos y los objetivos que congregan ya no solo a las mujeres en torno a la igualdad de derechos, la igualdad en dignidad y la plenitud de la vida para ellas, y muy especialmente el poner fin a todo tipo de violencia en su contra, particularmente la violencia sexual. Las mujeres se han puesto de pie y han alzado su voz en todo el mundo, reclamando igualdad aquí y ahora, libertad aquí y ahora, respeto a sus vidas y su integridad psicofísica aquí y ahora.

Lamentablemente, entre las aspiraciones y la realidad hay un enorme trecho por caminar y está lleno de dificultades. No basta proclamar la igualdad, no basta proscribir la violencia contra la mujer. La desigualdad y la violencia se impondrán clandestinamente, a pesar de lo que digan las leyes, si no hay un cambio fundamental y profundo en la mentalidad de los varones, formados ancestralmente en “valores” que subrayan su capacidad de ejercer violencia y dominio, precisamente la fuente de las agresiones que cotidianamente sufren las mujeres.

La violencia sexual es, sin duda, una de las formas de agresión más frecuentes que tienen que sufrir las mujeres, particularmente las niñas y las adolescentes. Sin duda también, es uno de los perfiles más detestables y dañinos de ese atropello por las marcas indelebles que deja ya no solo en el físico de la mujer sino en lo más profundo de su vida psíquica. Esta violencia es responsabilidad plena, directa y exclusiva de los varones. Por eso, la lucha contra la violencia sexual que se ejerce contra la mujer es una de las tareas más urgentes que debemos afrontar todos los que verdaderamente nos sentimos comprometidos con el bienestar, la igualdad y la plenitud de la vida para aquellas, especialmente las niñas y las adolescentes.

Y es aquí donde las cosas fallan porque el compromiso de los varones en la lucha de las mujeres por sus derechos es muy deficiente. La mayoría de varones adopta una actitud pasiva, contemplativa, observadora, como si el asunto no les incumbiese. Como si fuesen asuntos estrictamente femeninos, que deben pelear y obtener las mujeres por sus propios medios. Como si expresar su apoyo a esta justa causa de las mujeres y actuar en consecuencia, los hiciera menos varones. Hay una actitud de vergüenza o inhibición francamente reprobable.

Otros reaccionan como si las banderas que levantan las mujeres en su lucha fueran una suerte de ataque frontal, generalizado e injustificado, hacia los varones. Y así, estos hombres ocupan su tiempo en buscarle tres pies al gato, provocando a las mujeres, criticando sus planteamientos con los más diversos argumentos, que casi siempre son simples pretextos jalados de los pelos que se traen a colación para ganar la polémica que estos hombrecitos lograron generar en alguna red social para vencer en la discusión a las mujeres.

Otros son aún más audaces y hacen sátira de la lucha de las mujeres, sobre todo de aquellas que se muestran más activas y militantes, que suelen ser de convicción y militancia feminista. Y les ponen apodos, como el tristemente célebre apodo “feminazi”, que algún hombrecito creyó ser muy ingenioso al ponerlo a rodar. ¿De veras se puede ser tan tonto y obtuso como para comparar las reivindicaciones femeninas con la política del genocidio que llevaron adelante los “viriles machos nazis”? El autor del apodo solo demostró su propia tontería.

Otra actitud francamente lamentable es la de aquellos ciudadanos bien pensantes que gustan de estar al día con las causas progresivas, aunque no crean absolutamente en ellas o crean tan poco que casi equivale a lo mismo. Y son aquellos que públicamente expresan su apoyo a las reivindicaciones femeninas, pero que aprovechan la primera oportunidad para celebrar a mandíbula batiente el último chiste misógino, esta vez sazonado con su matiz de burla hacia el progresismo que empujan las mujeres contra viento y marea.

“Comunista en la política, fascista en la cama”, decían las feministas italianas de hace varias décadas para criticar a sus maridos supuestamente radicales pero que en el hogar y en la intimidad del sexo se comportaban como auténticos cavernícolas. Esta es otra especie de adversario de las reivindicaciones femeninas y se expresa en nuestro medio a través de movimientos como el de Antauro Humala o el de Vladimiro Cerrón, que incluso suscriben las críticas de la ultraderecha conservadora contra el enfoque de género en la educación y defienden unos supuestos valores familiares.

Si los hombres no empezamos a cambiar ya mismo nuestra actitud hacia la lucha y las reivindicaciones de las mujeres, si no empezamos a tomar parte activa en esas luchas al lado de ellas, las cosas no mejorarán como deben. La igualdad plena de la mujer, su liberación de toda violencia, son cosas que solo pueden hacer mucho mejor una sociedad. ¿Por qué no estamos participando activamente en esta transformación?

Nunca como ahora se vio la unanimidad que hoy anima a las mujeres a marchar y a reclamar por sus derechos, por su dignidad, por la igualdad y, ante todo, por el fin de la violencia que cotidianamente se perpetra contra ellas de las más diversas formas y en todos los espacios sociales. Esta es una fuerza que podría cambiar radicalmente nuestra sociedad haciéndola más humana y justa.

Podría ser el inicio de una revolución auténtica y profunda, verdadera y palpable por todas las personas. Se trata nada menos que de la vida de hoy, la vida de todos los días, de la mitad de la población, que son precisamente las mujeres (adultas, adolescentes y niñas). Y la otra mitad, los varones, tendrían la oportunidad de superar conductas arcaicas y abusivas que, tras la fachada del dominio, producen seres profundamente infelices que hacen daño irreparable a su entorno familiar y social. El movimiento de las mujeres puede ser el gran agente de civilización que requerimos urgentemente para un cambio real.

Por eso debemos ver con gran esperanza la movilización de las mujeres. Porque con ella no podrá dejar de moverse también la sociedad entera. Se puede abrir entonces un momento de profundo cuestionamiento del modo tradicional en que están normadas las relaciones de poder entre hombres y mujeres en la sociedad y quedará al descubierto su carácter opresor. El cambio que puede venir, entonces, se puede y debe tornar inevitable.

Artículo de opinión de Ronald Gamarra Herrera publicado en Hildebrandt en sus trece el día viernes 06 de marzo de 2020.
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