Estamos en
vísperas del Día Internacional de la Mujer, que se conmemora el 8 de marzo, y
con este motivo se renuevan los compromisos y los objetivos que congregan ya no
solo a las mujeres en torno a la igualdad de derechos, la igualdad en dignidad
y la plenitud de la vida para ellas, y muy especialmente el poner fin a todo
tipo de violencia en su contra, particularmente la violencia sexual. Las
mujeres se han puesto de pie y han alzado su voz en todo el mundo, reclamando
igualdad aquí y ahora, libertad aquí y ahora, respeto a sus vidas y su
integridad psicofísica aquí y ahora.
Lamentablemente,
entre las aspiraciones y la realidad hay un enorme trecho por caminar y está
lleno de dificultades. No basta proclamar la igualdad, no basta proscribir la
violencia contra la mujer. La desigualdad y la violencia se impondrán
clandestinamente, a pesar de lo que digan las leyes, si no hay un cambio
fundamental y profundo en la mentalidad de los varones, formados ancestralmente
en “valores” que subrayan su capacidad de ejercer violencia y dominio,
precisamente la fuente de las agresiones que cotidianamente sufren las mujeres.
La violencia
sexual es, sin duda, una de las formas de agresión más frecuentes que tienen
que sufrir las mujeres, particularmente las niñas y las adolescentes. Sin duda
también, es uno de los perfiles más detestables y dañinos de ese atropello por
las marcas indelebles que deja ya no solo en el físico de la mujer sino en lo
más profundo de su vida psíquica. Esta violencia es responsabilidad plena, directa
y exclusiva de los varones. Por eso, la lucha contra la violencia sexual que se
ejerce contra la mujer es una de las tareas más urgentes que debemos afrontar
todos los que verdaderamente nos sentimos comprometidos con el bienestar, la
igualdad y la plenitud de la vida para aquellas, especialmente las niñas y las adolescentes.
Y es aquí donde las
cosas fallan porque el compromiso de los varones en la lucha de las mujeres por
sus derechos es muy deficiente. La mayoría de varones adopta una actitud
pasiva, contemplativa, observadora, como si el asunto no les incumbiese. Como
si fuesen asuntos estrictamente femeninos, que deben pelear y obtener las
mujeres por sus propios medios. Como si expresar su apoyo a esta justa causa de
las mujeres y actuar en consecuencia, los hiciera menos varones. Hay una
actitud de vergüenza o inhibición francamente reprobable.
Otros reaccionan
como si las banderas que levantan las mujeres en su lucha fueran una suerte de
ataque frontal, generalizado e injustificado, hacia los varones. Y así, estos
hombres ocupan su tiempo en buscarle tres pies al gato, provocando a las mujeres,
criticando sus planteamientos con los más diversos argumentos, que casi siempre
son simples pretextos jalados de los pelos que se traen a colación para ganar
la polémica que estos hombrecitos lograron generar en alguna red social para vencer
en la discusión a las mujeres.
Otros son aún más
audaces y hacen sátira de la lucha de las mujeres, sobre todo de aquellas que
se muestran más activas y militantes, que suelen ser de convicción y militancia
feminista. Y les ponen apodos, como el tristemente célebre apodo “feminazi”,
que algún hombrecito creyó ser muy ingenioso al ponerlo a rodar. ¿De veras se
puede ser tan tonto y obtuso como para comparar las reivindicaciones femeninas
con la política del genocidio que llevaron adelante los “viriles machos nazis”?
El autor del apodo solo demostró su propia tontería.
Otra actitud
francamente lamentable es la de aquellos ciudadanos bien pensantes que gustan
de estar al día con las causas progresivas, aunque no crean absolutamente en
ellas o crean tan poco que casi equivale a lo mismo. Y son aquellos que
públicamente expresan su apoyo a las reivindicaciones femeninas, pero que
aprovechan la primera oportunidad para celebrar a mandíbula batiente el último
chiste misógino, esta vez sazonado con su matiz de burla hacia el progresismo
que empujan las mujeres contra viento y marea.
“Comunista en la
política, fascista en la cama”, decían las feministas italianas de hace varias
décadas para criticar a sus maridos supuestamente radicales pero que en el
hogar y en la intimidad del sexo se comportaban como auténticos cavernícolas.
Esta es otra especie de adversario de las reivindicaciones femeninas y se
expresa en nuestro medio a través de movimientos como el de Antauro Humala o el
de Vladimiro Cerrón, que incluso suscriben las críticas de la ultraderecha
conservadora contra el enfoque de género en la educación y defienden unos
supuestos valores familiares.
Si los hombres no
empezamos a cambiar ya mismo nuestra actitud hacia la lucha y las reivindicaciones
de las mujeres, si no empezamos a tomar parte activa en esas luchas al lado de
ellas, las cosas no mejorarán como deben. La igualdad plena de la mujer, su
liberación de toda violencia, son cosas que solo pueden hacer mucho mejor una
sociedad. ¿Por qué no estamos participando activamente en esta transformación?
Nunca como ahora se vio la unanimidad que
hoy anima a las mujeres a marchar y a reclamar por sus derechos, por su
dignidad, por la igualdad y, ante todo, por el fin de la violencia que cotidianamente
se perpetra contra ellas de las más diversas formas y en todos los espacios
sociales. Esta es una fuerza que podría cambiar radicalmente nuestra sociedad
haciéndola más humana y justa.
Podría ser el inicio de una revolución
auténtica y profunda, verdadera y palpable por todas las personas. Se trata
nada menos que de la vida de hoy, la vida de todos los días, de la mitad de la
población, que son precisamente las mujeres (adultas, adolescentes y niñas). Y
la otra mitad, los varones, tendrían la oportunidad de superar conductas
arcaicas y abusivas que, tras la fachada del dominio, producen seres
profundamente infelices que hacen daño irreparable a su entorno familiar y
social. El movimiento de las mujeres puede ser el gran agente de civilización
que requerimos urgentemente para un cambio real.
Por eso debemos ver con gran esperanza la
movilización de las mujeres. Porque con ella no podrá dejar de moverse también
la sociedad entera. Se puede abrir entonces un momento de profundo
cuestionamiento del modo tradicional en que están normadas las relaciones de
poder entre hombres y mujeres en la sociedad y quedará al descubierto su
carácter opresor. El cambio que puede venir, entonces, se puede y debe tornar
inevitable.
Artículo de opinión de Ronald Gamarra Herrera publicado en Hildebrandt en sus trece el día viernes 06 de marzo de 2020.
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