3/31/2017

"No me callarán", dice Ronald Gamarra

El día de hoy, el 35º Juzgado Penal de la Corte Suprema del Poder Judicial de Lima, sin argumentos que sustenten la sentencia, condenó a nuestro colega Ronald Gamarra Herrera, defensor de derechos humanos y de los derechos de los niños, niñas y adolescentes, a un año de prisión preventiva por el delito de difamación agravada.

Su abogado, Carlos Rivera del Instituto de Defensa Legal (IDL), apeló la sentencia y señaló que "la sentencia del 35º juzgado no tiene argumentos". La sentencia declara que que el asunto no era de interés público.

"Este es el comienzo del recorte de la libertad de expresión", dijo Gamarra saliendo de la audiencia.

Todo nuestro apoyo y solidarida con nuestro colega y amigo. Aquí les dejamos, como siempre, su columna de opinión, sobre el derecho a opinar.

 Opinar

Opinar no es un ejercicio impune. Tarde o temprano, lo que uno diga lo obligará de una y mil formas. Por eso se dice que cada uno es esclavo de sus palabras. Y de sus cuartillas, claro. Por cierto, esto sólo se aplica a quiénes opinan con seriedad, o al menos lo intentan. Porque también hay de los otros, aquellos que meten la cuchara para decir cualquier cosa, a favor  o en contra, sin importar el contenido, con tal de figurar. Los que abren el hocico en plan de chacota. Para fregar la paciencia. Por derramar bilis. Y aquellos otros que venden su pluma  y labia al mejor postor, los que opinan según la cantidad que cobran.

Para mí, opinar es concentrar lo mejor de sí mismo en una cuartilla. Por eso sólo puede ser un ejercicio íntimamente personal. Una expresión honda de las convicciones más arraigadas que uno abriga en el intelecto y la conciencia. Tal vez ello explica que en la opinión se incluya una inevitable carga de pasión. Pero debe primar la razón, la búsqueda de la fundamentación lógica, la exposición coherente de argumentos, el examen objetivo de los hechos. Llenar  a tontas y a locas una carilla de texto o apropiarse de un micrófono para decir cualquier cosa no es opinar sino babear. Simplemente espumar, pues.

Por eso, quien opina y lo hace de un modo más o menos permanente, tiende a establecer una línea coherente de pensamiento. Gustos. Preferencias. Temas. Y, consecuentemente, una ruta lógica de reacciones ante los asuntos de los cuales se ocupa. El lector atento y culto es el juez cotidiano de la coherencia de un opinante y el detector inmediato de su oportunismo. O de su inconsecuencia. Porque también hay de los otros lectores: los que leen a su manera lo que les conviene entender, los que leen a su manera lo que les conviene entender, los que interpretan torcidamente lo que está bien claro, los que no entienden, los que leen para insultar al opinante. Los que lo vejan sin leerlo.

Artículo de opinión de Ronald Gamarra publicado en Hildebrandt en sus trece, el día viernes 31 de marzo de 2017.

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