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9 dic 2013

MANDELA

Fue un hombre sencillo, modesto y, a la vez, extraordinario. Le tocó vivir una época brutal y sobrevivió a ella, sin envilecerse, para transformarla profundamente y transformar a sus contemporáneos, tanto amigos como adversarios. A lo largo de su vida y de su indeclinable lucha, construyó una fuerza que venció a un régimen de odio, armado hasta los dientes, por su superioridad moral.

El apartheid establecido por una minoría racista en Sudáfrica convirtió la discriminación en el fundamento del Estado. A través de una legislación delirante, sistematizó el prejuicio, el desprecio y el odio por cuestión de color de piel: las “razas” debían desarrollarse separadamente, sin “contaminarse”. Para imponer el esquema político racista, el Estado mantenía uno de los ejércitos más poderosos y mejor armados del mundo. Y para asegurarse el dominio del país, disponía de un sistema de represión que practicaba sistemáticamente la tortura y el asesinato.

Ante el crecimiento de la población oprimida, los racistas optaron por proclamar falsos “estados independientes”, que en realidad eran reducciones donde se concentraban núcleos de población nativa, a quienes de ese modo se les privaba definitivamente de la nacionalidad sudafricana. Los bantustanes. Estados inviables, títeres, cuya población necesariamente estaba a disposición de la minoría racista como fuerza laboral explotable.

Esta es la Sudáfrica en la cual creció y en la cual luchó Madiba, llamado en la vida pública Nelson Mandela. Desde muy joven se puso en la línea de crítica y combate frontal al apartheid. Sus llamados a la desobediencia civil, a la democratización del país, a la igualdad de derechos para todos, terminaron por convertirlo en un perseguido del régimen racista. Apenas había cumplido 40 años cuando fue sentenciado a cadena perpetua, vaya ironía, como “traidor a la patria”.

Pasó casi tres décadas en la cárcel con la perspectiva de morir en ella. Pero no renunció a sus convicciones ni a su lealtad a la causa del pueblo sudafricano. Y desde la prisión se fue convirtiendo en un faro que guiaba la lucha del pueblo y concitaba la solidaridad del mundo. Rehén de una cárcel destinada a quebrantarlo, él supo convertirla en el acicate de su invencible fuerza moral, reclamando incansablemente democracia, igualdad, derechos y diálogo.

Resistió y venció. El régimen racista crujió y reconoció su inevitable ruina. Después de 27 años de encierro, el gobierno decidió abrirse al diálogo con su prisionero, ya anciano. Madiba, leal a los ideales e intereses de su pueblo, aceptó el reto y en el pulseo que siguió logró con gran habilidad el desmantelamiento del apartheid.

Y fue entonces, en su gloriosa y lúcida ancianidad, que se alzó como el gran estadista de nuestro tiempo. Pudo haber impuesto su dictadura personal, pudo haber buscado desquite personal o étnico, pudo haber consolidado su liderazgo apelando a las peores pasiones, como suelen hacer los políticos. Pero no él. Mandela fundó la democracia en Sudáfrica, estableció la plena igualdad de derechos para todos, sin excepción, gobernó solo un periodo presidencial, dando paso a nuevos líderes, pero, sobre todo, creó la posibilidad de una nación sudafricana donde conviven todas las sangres y todos los colores del arco iris.

Artículo de Ronald Gamarra publicado en Diario16 el día domingo 08 de diciembre de 2013.

19 jun 2013

¡Gracias, Madiba! por Ronald Gamarra

¡GRACIAS, MADIBA!

GRACIAS, MADIBA 

Por Ronald Gamarra:

Mandela está muy enfermo. Africano universal, Gandhi de nuestro tiempo, maestro de quienes luchan en todo el mundo por la libertad, la dignidad y los derechos del ser humano. En mi grupo de amigos, en IPRODES, lo veneramos, y en estos días hemos pensado con gran afecto en él. Mi amigo José Carlos Agüero ha escrito:


 

Mandela logró hacer de su lucha en un país ajeno, un punto de referencia cultural. Por su experiencia, porque él existe, sabemos que es posible la libertad, aun en las peores condiciones. Que se puede resistir y en ese proceso, cambiar, evadiendo la tentación del rencor, la revancha o la excusa del fracaso, la excusa del débil. Que no hay que ser un santo para decir paz, que un hombre común también la dice, y le sale mal, y sobre sus espaldas no dejará de haber culpas y dolores.

 

El orden de las cosas es como vivir sin tener mucha consciencia, presintiendo que en algún lugar hay una foto que guarda la memoria de tu familia. Nunca la ves. Parece no tener ningún valor. Pero si alguna vez es destruida, si cuando al fin la buscas, ha desaparecido, algo se quiebra. Era un soporte callado de tu mundo.

 

Eso es Mandela en su casa. Dios bendiga a Mandela. Bendiga a África. Y de paso, nos bendiga.

 

Nkosi, sikelel' iAfrika


Malupakam'upondo lwayo
Yiva imitandazo yetu
Usisikelele.
Yihla Moya, Yihla Moya,
Yihla Moya Oyingcwele
 
Dios bendiga a África.
Bendice a sus líderes.
Sabiduría, unidad y paz.
¡África y su gente!
Señor, bendice a África.
Escucha nuestra oración y bendícenos.



 Así canta el himno nacional de Sudáfrica, del cual se reproduce aquí un fragmento, pero que está escrito y se canta en xhosa, zulú, sesotho, afrikaans e inglés, todo junto en el mismo texto. Mi amigo Carlos Landeo escribe:


 

¡Dios bendiga a África: sabiduría, unidad y paz! Himno hermoso y sencillo. Le bastan mil voces conmovidas y una discreta trompeta para expresar la generosidad frente al maltrato, la sensatez ante la perversidad, la vocación de paz cósmica ante la tentación de la venganza.

 

Cuánto de todo esto nos ha enseñado Mandela con su vida. Yo lo quiero como a un Gautama de nuestro tiempo, como a un Jesús, como a un Francisco de Asís. Si existe la santidad, debe ser así: humana, falible, llena de caídas, pero generosa y perseverante; despojada de toda pretensión de sobrenaturalidad, de aquella divinidad que las religiones y su clero –o su comité central– vienen a organizar y a imponer luego.

 

Que la ciencia no le haga hoy lo que ayer le hizo el apartheid en décadas de cautiverio que nunca se detuvo a lamentar, por dedicarse a construir la nación de todas las tribus y colores del arcoíris. Todas las vidas han de terminar, pero la suya es de aquellas, privilegiadas, que nos dan ánimo y ejemplo por generaciones, más allá de la muerte.

 
Así es como queremos a Mandela en este pequeño rincón del mundo; así es como aman en el mundo a Madiba, nombre hogareño con que lo conocen en su aldea natal. Gracias, Madiba, por tu ejemplo y tu espíritu. 
Publicado en Diario16, el domingo 16 de junio del 2013, http://diario16.pe/noticia/30325-gracias-madiba