Escribe David Cárdenas.
Hoy lunes la alarma sonó a las 6:10, como todos los lunes. Pero hoy no atravesaré
mi parque para ir al tomar el bus al trabajo y no encontraré al vendedor de
diarios que se multiplica en la avenida San Luis. No me cruzaré con el músico
que sale a trabajar con un acordeón y banquito plegable en la espalda. No
pediré permiso a las señoras que venden quaker, quinua y sanguchitos a los
empleados del Ministerio de Educación. Nadie me ofrecerá desayuno en la avenida
Aviación. No subirán vendedores de golosinas al bus en los 30 minutos que
demora en llegar. Al bajar no compraré tunas rojas y verdes a la señora de la
avenida Abancay. No veré madres con bebés pidiendo limosna en el jirón Huallaga
ni, a la vuelta, en el jirón Azángaro, la larga fila de personas que paga un
sencillo por el menú que les da una organización religiosa. No me servirá el
almuerzo esa linda venezolana que al tercer mes es reemplazada por otra,
igualmente eventual. No tendré que sortear colectiveros ilegales para cruzar la
avenida Abancay ni vendedores en triciclos, 4 pitahayas por 10 soles.
En
la tarde no tomaré otro bus, ni subirán más vendedores. No iré a dar clases a
un aula vacía en Lince. En ese distrito la prostitución no tendrá que
esconderse en sus numerosos hoteles o en los cuartuchos de azotea, pues no
habrá clientes para comprar el pan de sus hijos. De regreso, no encontraré
llamadores, dateros y cobradores de las combis que sortean nuestras vidas en
carreras por la avenida Canadá.
Ninguna
de esas personas figura en una planilla, no tienen un seguro ni beneficios
sociales. A ellos no les depositarán el sueldo este fin de semana en su cuenta
bancaria. La mayoría no recibirá los 380 soles que rápidamente se extinguirán
en otras manos y les será más difícil llenar el cilindro de agua (eso no lo
sabe o no le importa a mi vecino que ha llenado tres veces la piscina de
plástico en su jardín). La mayoría de ellos no aparecen en los registros del
MIDIS, algunos ni siquiera existen para las estadísticas oficiales.
Esta
cuarentena nos une a todos frente al maldito virus y nos obliga a todos por
igual a respetar las reglas para defender la vida. Pero, al mismo tiempo,
desnuda las terribles brechas sociales en las que vivimos, más allá de que nos
pongamos la misma camiseta y vivamos a los médicos y enfermeras por su labor
heroica a las 8.
Para
los informales - que son mayoría - un día sin salir a trabajar es un día sin
cena, una semana significa hambre, dos puede ser desesperación ¿Qué pasará con
ellos cuando el presidente anuncie la inminente prórroga de la cuarentena, por
15 días más?
Estamos
en guerra y en toda guerra la logística es tan importante como las armas con
las que pretendemos vencer. Muchos ejércitos han perdido por el hambre, la
peste o el frío, antes que por las balas del enemigo. Nuestro enemigo ahora no
es solo el virus, sino también el hambre. Por eso, toda la estrategia de salud
que está llevando a cabo el gobierno, debe tener como complemento fundamental
una estrategia de apoyo social a los más afectados por esta crisis hasta donde
soporte nuestra economía y más.
Cuando
llegue el lunes en que nuevamente debamos volver a trabajar, las cosas no deben
seguir siendo como hasta ahora. La "normalidad" es cruel. Estamos
llevando un curso acelerado -además "in house" - de solidaridad y
sobrevivencia social. Es hora de replantear la sociedad que queremos.
Pepedavid
Foto Andina, agencia de noticias.
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