5/14/2015

Argentina. "El femicidio de Caballito. Te mato".

El sábado 2 a la tarde, la abogada Gabriela Parra decidió sentarse a charlar en un bar del centro de Caballito con el hombre que la venía hostigando desde hacía meses. Pensó, era la forma de terminar con ese acoso molesto. A Alejandro Bajeneta no le importó la mirada de los mozos ni de los otros clientes, la acuchilló siete veces y, luego, intentó suicidarse apuñalándose. La antropóloga Rita Segato dice que “Los asesinatos pasan a comportarse como un sistema de comunicación”. A partir de esa frase, la periodista Roxana Sandá cubrió el siluetazo que se hizo en esa esquina para denunciar la violencia de género y escribió esta crónica para Anfibia.

Al principio no hice nada, porque estamos acostumbrados a ver parejas que discuten y después se calman o alguno de los dos se va y listo– dice casi como una declaración de principios uno de los mozos de Plaza del Carmen, el bar restaurante de Rivadavia y avenida La Plata, que prefiere la reserva de su nombre.   El sábado, cerca de las 16, Gabriela Alejandra Parra entró al local ajena a las pujas de los que trabajan allí por ver Fútbol para Todos o Pasión de Sábado. Ni siquiera se percató de “La vida en vivo”, el slogan sugerente en la pantalla de un canal de aire.   Abogada, de 49 años, el rubio le sentaba bien. Se había separado de su marido y las pocas fotografías que circulan en internet dejan adivinar una mujer alegre, simpática, atractiva. Albino, el mozo que la atendió, dijo sin embargo que estaba seria, un poco tensa quizá, como preocupada. No la conocía, pero ella le pidió sentarse junto a una ventana “porque necesitaba mirar para afuera y que también la vieran desde afuera”. Hasta que cumplió su turno a las cuatro de la tarde, no vio acercarse a nadie a la mesa. Otro empleado contó que un hombre medio desaliñado, cincuentón “y con pelo” fue al encuentro de Gabriela bastante más tarde, y que conversaron “con mala onda” hasta eso de las 18, “cuando ya nos habíamos dado cuenta de que se estaban peleando”.

A los 52 años, Alejandro Daniel Bajeneta canalizaba la ansiedad en facebook. Llegó a socializar con un pequeño grupo de amigos a través de la red y por su trabajo de taxista. Tenía un emprendimiento gastronómico en Belgrano y en confianza se declaraba nostálgico empedernido: nunca logró olvidar a aquella conocida de la adolescencia, Gabriela Alejandra Parra. Le siguió el rastro en la web para persistir en un encuentro, ella con hijos y ya separada, él con ganas de verla y una insistencia que enmascaró débilmente la obsesión y el acoso durante meses. Hasta hace diez días. Parra había dudado mucho sobre la conveniencia de decirle basta, ¿pero qué impide a una mujer enfrentar a su acosador en un lugar público para ponerle límites y terminar de una vez por todas con una situación que indigesta? Concluyó que ésa era la mejor opción.

En su ensayo “La escritura en el cuerpo de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez”, la antropóloga Rita Segato escribe que “Los asesinatos pasan a comportarse como un sistema de comunicación. Si escuchamos con atención los mensajes que allí circulan, podremos acceder al rostro del sujeto que en ellos habla. Solamente después de comprender lo que dice, a quién y para qué, podremos localizar la posición desde la cual emite su discurso.” Bajeneta apuñaló a Parra siete veces. Siete. La última fue un cuchillazo en el cuello. La discusión no había durado mucho, algunos testigos calculan minutos. El arma estaba entre las ropas del asesino y se supone que matarla era una decisión tomada. “Los feminicidios –dice Segato- son mensajes emanados de un sujeto autor que sólo puede ser identificado, localizado, perfilado mediante una ´escucha´ rigurosa de estos crímenes como actos comunicativos.”

El sábado, la subeditora de la revista Anfibia, Marcela Dato, tenía que comprar una bombita en la ferretería de Chaco y avenida La Plata. Iba relajada, con tiempo para mirar ropa y pasar después por Plaza Del Carmen. Quería comprar medialunas, pero cuando le faltaban veinte metros para llegar a la puerta, empezó a ver a hombres y mujeres con las caras desencajadas, huyendo.

Se caían, se agarraban de la cabeza, los más chiquitos lloraban abrazados a sus madres. Era una locura. Nunca había visto algo igual.   Marcela vive a tres cuadras de esa confitería y piensa que el cruce de avenida La Plata y Rivadavia siempre late como una bomba de tiempo, como que algo va a suceder en cualquier momento. El colegio, el local de comidas rápidas enfrente, las veredas sucias, los pibes tirados en la calle, los manteros. Una zona de muchos robos y de tránsito intenso: avenida La Plata llega hasta Pompeya, suficiente para que la atraviesen unas cinco líneas de colectivo más la estación Río de Janeiro, del subte A.   Tardó en entender. Se vio en medio de una especie de terremoto que le iba contagiando la angustia; no entendía nada. Hasta que escuchó la frase “acuchillaron a una mujer”, como en una alucinación. Cree haber estado en shock. La vereda llena de sangre, la ambulancia llevándose a la víctima con la cara destapada y la policía gritando entre una multitud. De testigo involuntaria terminó atrapada en ese laberinto de vallados y despliegue policial.   Cruzó hacia Rivadavia para dibujar una U que le permitiera un retorno aliviado, salteando la escena del crimen.   –Pero en la vereda de enfrente me encontré con el asesino bañado en sangre, hecho un ovillo y hablando solo, diciendo cosas inentendibles. Había un policía parado al lado de él que gritaba como loco para que lo escucharan los de enfrente y le mandaran refuerzos, una ambulancia, algo.

El mozo que no quiere decir su nombre cuenta que cuando Parra se paró para irse, Bajeneta tomó el abrigo como para ayudarla a ponérselo y al tenerla cerca empezó a atacarla. Al verlo, asegura que se mandó porque creyó que le pegaba, pero al acercarse vio que la estaba acuchillando. Parra quedó en el suelo y su agresor quiso escaparse entre la gente que gritaba y corría. Sólo un hombre intentó frenarlo. Le dio un sillazo que rompió la vidriera de la esquina.     –Pero el tipo estaba desenfrenado, atravesó el ventanal sin soltar el cuchillo y en la calle empezó a clavárselo y a golpearse la cabeza contra un auto estacionado, hasta que se provocó una herida jodida y quedó tirado en la vereda de enfrente de Rivadavia. Todavía no sé cómo llegó hasta allí. Dicen que los locos tienen fuerza, ¿no?   Según comentarios de los pocos que no se movieron del lugar, un cliente forcejeó para detener a Bajeneta, que no fue una silla sino una mesa la que reventó los vidrios, que el asesino saltó el ventanal y corriendo cruzó Rivadavia. Mientras, se acuchillaba. En el zaguán del comercio Cavallino. Ropa para damas, uno de los más tradicionales de la zona, se desplomo. 

Cuando Parra llegó al Hospital Durand estaba muerta. A Bajeneta lo llevaron un rato después: sobreviviente con pronóstico reservado y un coma inducido a raíz de una puñalada que se clavó en el pecho. El lunes 4 se velaron los restos de la mujer en una sala de Belgrano, y luego fueron trasladados al cementerio de Chacarita. Bajo custodia policial las 24 horas, Bajeneta quedó detenido, imputado por “homicidio agravado por femicidio”. El delito prevé una pena de prisión o reclusión perpetua.

 “Disculpen las molestias. Nos están matando”, decía el cartel. El sábado, a una semana del crimen, un grupo de mujeres autoconvocadas intervinieron el espacio público donde el acto de morir asesinada pudo convivir junto a la fila para entrar al cine de mitad de cuadra. Artistas jóvenes, performers y activistas decidieron salir. “Por tercera vez, a denunciar la violencia de género que se cobra nuevas víctimas fatales cada 30 horas. No nos vamos a quedar calladas. Tocan a una y respondemos todas”, advertía su convocatoria.

Durante casi tres horas llenaron el aire de voces y el asfalto de consignas en nombre de Gabriela Alejandra Parra, pero también de Carla Iglesias, la joven de 24 años estrangulada hace un mes por su medio hermano, un adolescente de 16 años, en el departamento que compartían en Villa Urquiza. Y de Daiana García, Andrea Castaña, Melina Romero y Araceli Ramos. Asesinadas por el hecho de ser mujeres.

Tras enterarse del femicidio de Daiana García, la adolescente que el viernes 13 de marzo había ido a una entrevista de trabajo en Palermo y apareció al otro día en una ruta de Lavallol, asfixiada y semidesnuda en una bolsa de arpillera, Rocío Fernández Collazo y la historietista Cecilia “Gato” Fernández, dos de las impulsoras de esta intervención, coincidieron en la necesidad de hacer un siluetazo como el de 1983. El 21 de septiembre de ese año, por iniciativa de un grupo de artistas, estudiantes y agrupaciones juveniles con el apoyo de los organismos de Derechos Humanos, se delinearon siluetas en afiches instalados alrededor de la Plaza de Mayo y que se extendieron por toda la ciudad. En tamaño natural, las figuras humanas representando a los desaparecidos se convirtieron en uno de los emblemas del reclamo por la memoria, la verdad y la justicia. “Lo retomamos como una forma de que esas mujeres sigan estando presentes en las calles, que sean reconocidas y también para dejar claro que esta cuestión involucra a toda una sociedad que evidentemente considera a las mujeres como basura”, explica Fernández Collazo mientras evalúa el color del stencil que está aplicando en el cordón de Yrigoyen y avenida La Plata.

Desde sus inicios, en las reuniones de autoconvocadas y colectivos feministas se viene planteando la existencia de un machismo patriarcal respirando fuerte en las nucas. Fernández Collazo lo siente. “Es un odio recalcitrante hacia las mujeres, y empezamos a ver que había trascendido a las calles, a ojos de todos. ¿Entonces ni siquiera estamos seguras en la vía pública? Creo que las mujeres nos encontramos expuestas porque el patriarcado argentino nos sigue matando para fortalecer cada vez más los femicidios.”

Las activistas recordaron que hace un mes, en la ciudad cordobesa de San Francisco, una maestra jardinera de 44 años fue acuchillada por su ex pareja frente a los alumnos de la salita del jardín de infantes Estrellitas Traviesas. El empresario Mauro Bongiovanni escapó de una clínica psiquiátrica para degollar a María Eugenia Lanzetti. La mujer, madre de dos varones de 17 y 21 años, lo había denunciado por varios hechos de violencia hasta que en septiembre de 2014 la Justicia le asignó un botón antipánico y ordenó la exclusión del hogar del agresor.

Entre las 16 y las 18.30 grafitties, stencils y carteles impusieron la temática en cada esquina. “Mi ropa no determina mi consentimiento”, “Mi cuerpo y mi vestuario. Reservate el comentario”, “No quiero tu piropo, quiero tu respeto” se fue leyendo a medida que corrían los aerosoles. Un grupo de hombres bajó de un auto para insultar a las que reclamaban. Y gritarles “¡Vayan a trabajar!”, pero la cosa no pasó de la cercanía de un mal aliento.

Aquí, en Avenida La Plata y Rivadavia, lleno de gente, de chicos, familias, policías, en esta confitería donde un hombre decidió y pudo matar una mujer. A la vista de todos.

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