3/22/2014

El SOS de las princesas prisioneras

Tiene todos los elementos de una leyenda medieval. Unas bellas princesas encarceladas en palacio por un padre-rey todopoderoso. Solo que en esta ocasión la petición de ayuda para que las libere un caballero galante no ha llegado en una nota escondida en un pañuelo, sino por la denuncia de su madre a la prensa. Son otros tiempos. O quizá no. La historia de las hermanas Sahar, Maha, Hala y Jawaher, hijas de Abdalá de Arabia Saudí, es tan rocambolesca como desgraciadamente frecuente en este país que quiere estar en el siglo XXI sin dejar el XV.

 “[El rey] me pidió que volviera con él y me negué. Nunca pensé que castigaría a mis hijas por mi causa”, declara desconsolada Alanoud al Fayez por teléfono desde Reino Unido, donde reside en la actualidad.

Esta mujer, de 57 años y que apenas tenía 15 cuando se convirtió en la segunda esposa de Abdalá, asegura que el hoy monarca saudí mantiene a sus cuatro hijas “bajo arresto domiciliario” desde el año 2001. Según su relato, las mujeres viven completamente aisladas y en condiciones precarias dentro de un complejo palaciego en la ciudad de Yeddah, del que no pueden salir sin vigilancia y donde no se les permite recibir visitas. Tras el fracaso de sus gestiones para librarlas de esa situación, decidió hacer público su caso.

Ante esa posibilidad, la princesa Alanoud afirma que hace cinco meses recibió la visita del príncipe Mutaib, uno de los 38 hijos del rey y el actual jefe de la Guardia Nacional. 

“Me dijo que querían que regresara y se negó a cualquier otra solución”, manifiesta, convencida de que Mutaib y su hermano Abdelaziz, el viceministro de Exteriores, son quienes están detrás del castigo a sus hijas, que tienen entre 38 y 42 años. “Abdalá no es tan malo”, asegura del hombre que fue su marido en dos ocasiones y que en ambas se divorció de ella sin explicaciones. Más tarde, en un intercambio de mensajes por Internet, precisa que el hecho de que “esté manipulado por otras personas no significa que no le culpe por lo que pasa”.

Fue a raíz de esa visita cuando se decidió a entregar una carta en la oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos denunciando el caso. Al mismo tiempo, ella y dos de sus hijas, Sahar y Jawaher, abrieron sendas cuentas de Twitter en las que exponen su historia. Y finalmente, la semana pasada, recurrió a la prensa británica, a la queambas han confirmado su encierro y su deseo de recuperar la libertad. En una sociedad tan renuente a airear los trapos sucios en público constituye un paso arriesgado.

“¿Qué otra cosa podía hacer? Me llaman llorando; no aguantan más. Mi abogado intentó viajar a Arabia Saudí para reunirse con ellas, pero no lo autorizaron”, explica entre sollozos.

Pero por más increíble que resulte en pleno siglo XXI, el asunto no es inusitado en este país cuya modernización acelerada desde el descubrimiento del petróleo es causa de numerosos anacronismos, sobre todo en el terreno social.  

“Había oído hablar de ello. Tampoco es muy diferente de la situación en la que viven decenas de miles de mujeres en este país”, me responde una activista saudí a la que pregunto por el caso. Su gesto apenas disimula el malestar por que la prensa internacional no preste la misma atención a las difíciles circunstancias que sufren la mayoría de las mujeres saudíes, cuya discriminación sistemática denuncian con regularidad las organizaciones internacionales de derechos humanos.

Tal como recuerda el último informe de la organización internacional Human Rights Watch (HRW), en Arabia Saudí “todas las niñas y las mujeres tienen prohibido viajar, realizar gestiones oficiales e incluso someterse a ciertas intervenciones quirúrgicas sin el permiso del hombre que tiene su tutela”, sea el padre, el marido o un hermano. Tampoco pueden casarse sin su consentimiento, ni tienen derecho a pedir el divorcio, y a menudo son discriminadas en la custodia de los hijos. Ese desfavorable marco legal, más propio del siglo XV del calendario que sigue el país que del actual, se ve agravado en el caso de algunas familias ultraconservadoras por restricciones añadidas que limitan la autonomía femenina hasta extremos inimaginables.

“Tengo primas cuyos móviles carecen de teclado para que solo puedan recibir llamadas”, confía la activista, que, como parte de una minoría ilustrada, disfruta de una libertad de movimientos con la que muchas compatriotas suyas no pueden ni siquiera soñar. 

En Arabia Saudí, donde la familia real es una institución intocable, resulta imposible confirmar la denuncia de Alanoud y sus hijas. Durante una conversación privada, una princesa que es prima lejana de las cuatro mujeres, a las que conoció de jóvenes, muestra su extrañeza por el asunto, del que dice haberse enterado por la prensa británica. No encaja con la imagen del monarca, a quien considera —y no solo ella— un defensor de la causa de la mujer.

Desde su llegada al trono en 2005, Abdalá, de 89 años, ha inaugurado varias universidades femeninas, ha impulsado la incorporación de las mujeres al trabajo, les ha dado derecho de voto (aunque tenga escaso peso político) y ha nombrado a 30 de ellas miembros del Consejo Consultivo (Majlis al Shura). No ha derogado, sin embargo, la prohibición de conducir ni, lo que es más importante, el mencionado sistema de tutela que las reduce legalmente a eternas menores de edad, dependientes de por vida del varón que tenga su custodia.

“Sé que el rey es un hombre de una gran rectitud moral; tal vez si sus hijas han cometido alguna imprudencia..., pero no tengo constancia”, señala la princesa consultada.

¿Hubo algo en el comportamiento de sus hijas que para su padre las hiciera merecedoras de ese castigo?, le pregunto a Alanoud. “Mis hijas no han hecho nada que las otras hijas no hayan hecho”, repite una y otra vez sin encontrar explicación. “No se puede hacer idea del ego del hombre saudí”, apunta.

La madre se muestra especialmente preocupada por la salud de dos de ellas, Maha y Hala, que al parecer viven aisladas de las otras dos.

“Si se puede llamar a eso vivir”, precisa. “Aunque están en una casa muy grande, sus condiciones son miserables, sin aire acondicionado, sin ayuda, pero sobre todo sin poder hacer su propia vida, formar una familia… y la mayor ya tiene 42 años”, acierta a añadir antes de que el llanto le impida seguir.

De sus palabras se deduce que alguna ha tenido problemas que requirieron tratamiento psicológico, aunque no lo desarrolla. El diálogo es desordenado. Suena acongojada y salta de un asunto a otro como si temiera que no va a darle tiempo a contar todo.

“Hice lo que pude para hacer entrar en razón a su padre y su entorno, intenté ayudar a mis hijas en su proceso curativo, pero me negaron eso, querían que viera cómo mis propias hijas se iban marchitando y quedándose en nada”, aclara más tarde en un mensaje.

En algún momento de 2001 perdió el acceso a sus hijas y al año siguiente decidió abandonar el país como forma de presión. Pensó que tal vez serviría para asustar a los responsables de su cautiverio. Volvió unos meses después, pero tampoco logró que le dejaran verlas. Así que en 2003 desistió.

“Me sentía impotente. Pensé que podría ayudarlas desde fuera”, concluye. Han pasado 13 años.

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