La
capacidad y velocidad de transmisión del virus conocido como COVID 19 llevó a
la Organización Mundial de la Salud (OMS) a definir la situación generada a
nivel mundial como pandemia. Esto implica que todos los países tienen que tomar
medidas extremas de salud pública y adecuar los servicios para responder a la llegada
del virus. Estas medidas incluyen un conjunto de disposiciones que traen
consigo la radical alteración de nuestras rutinas, afectan los ritmos de vida y
con ellos los vínculos. Esta nueva realidad que se nos impone en forma abrupta
y por plazos indefinidos dispara sentimientos y comportamientos diversos, los
que en muchos casos pueden resultar negativos para nuestra salud entendida en
un sentido integral.
Nos
encontramos ante una situación de catástrofe que los psicólogos definen como
“ruptura abrupta de nuestra vida cotidiana”. Esta ruptura pone en juego miedos
que pueden considerarse como respuesta adaptativa a una situación que merece
extremar nuestras capacidades de autoprotección y ponernos alerta ante peligros
reales. Sin embargo, estos miedos a lo real se nutren de fantasías y se
retroalimentan con otros miedos lo que favorece la reacción de pánico. El miedo
genera conciencia del peligro, el pánico paraliza, traumatiza y enferma.
La
amenaza de la enfermedad se asocia y potencializa con los miedos universales
que tenemos todos los seres humanos: miedo a la soledad, a partir del
aislamiento, miedo al hambre y la miseria por el desabastecimiento pero también
a la crisis económica y social desencadenada por esta situación, y miedo a la
muerte tanto propia como de nuestros seres queridos.
Esta
situación de vulnerabilidad en la que todos estamos inmersos, requiere del
manejo responsable de un conjunto de comportamientos que tienden a evitar el
contagio como lo han difundido diferentes organismos liderados por la OMS, pero
también se necesitan herramientas y recursos para afrontar de la mejor manera
situaciones nuevas, imprevistas e inciertas en cuanto a su magnitud y duración.
Una
de las características de las situaciones de catástrofe es que las reacciones
habituales ante situaciones similares no pueden ponerse en práctica en este
nuevo contexto. Ante una situación nueva el reflejo inmediato es reunirnos para
compartir información y tomar decisiones, si alguien enferma tendemos a
visitarlo, si hay un fallecimiento acudimos a acompañar y abrazar a los
sufrientes, si nuestros hijos están aburridos invitamos amigos a jugar o les
proponemos salir a alguna actividad recreativa junto a otros niños. Nada de eso
podemos hacer. Debemos pensar nuevas formas de responder a estas y otras
situaciones cotidianas.
La
cuarentena masiva nos priva de nuestros vínculos, de nuestra capacidad de
circular a través de diferentes espacios durante la jornada; y a la vez nos
impone relaciones más intensas y permanentes al interior de nuestros hogares.
Simultáneamente estamos invadidos por un exceso de información, muchas veces
contradictoria en la que conviven los mensajes alarmistas con los que niegan la
gravedad de la situación. Entre unas y otras queda un pequeño espacio para la
objetividad y la racionalización de la información. Cuando existen vacíos en la
información, mensajes contradictorios, o las fuentes resultan poco confiables
se potencializan los rumores y con ellos el pánico.
La
experiencia acumulada nos muestra que, los daños tanto inmediatos como a
mediano y largo plazo que pueda generar en niños, niñas y adolescentes el
afrontar una situación potencialmente traumática como la presente, dependen de
factores tales como el momento de su desarrollo, la historia personal y el
contexto, pero fundamentalmente se relaciona con la actitud y la forma en que
los adultos referentes responden a la situación.
Ahora,
como siempre, proteger y garantizar los derechos de la niñez es una
corresponsabilidad entre familia, comunidad y Estado. Nadie está fuera de estas
responsabilidades, cada uno en su lugar y con sus roles específicos.
- ¿Cómo
proteger a niños, niñas y adolescentes en esta nueva realidad?
- Como
adultos ¿qué podemos o debemos hacer?
- ¿Cómo
promover conductas de autocuidado y solidaridad?
Lo
primero, es reafirmar la convicción de que niños y niñas conservan todos sus
derechos. No hay suspensión de derechos de la niñez por estar en una situación
crítica. La pregunta es cómo se ejercen y se reinterpretan en estas
condiciones.
Comencemos
por el derecho a la información. Niños y niñas deben recibir información clara,
concisa, acorde a los niveles de desarrollo pero sin minimizar sus capacidades
de comprensión. Los adultos debemos reconocer el miedo y la preocupación. Si lo
negamos u ocultamos el niño va a captar nuestro estado de ánimo y sus fantasías
acerca de lo que le ocultamos van a ser siempre mucho más terribles que la
realidad. Además, estaríamos transmitiendo en forma implícita que no queremos
hablar de eso, lo que cierra la posibilidad de diálogo y deja al niño o niña en
la soledad.
Nunca
podemos mentir ni disfrazar la verdad. Cuando niños y niñas perciben que un
adulto miente pierden la confianza en este y se sienten decepcionados y
desprotegidos.
Es
importante no solo informar sino escuchar, dejar espacio para que el niño o
niña reaccione y se exprese. O sea, habilitar el diálogo intergeneracional.
Debemos
ser cuidadosos de no transmitir excesiva ansiedad o enojo. El aislamiento forzoso
que conllevan las cuarentenas y la convivencia a tiempo completo, nos enfrenta
a un riesgo muy alto de que se extremen las situaciones de violencia a las que
los niños y niñas están especialmente expuestos. Cuando percibimos situaciones
de enojo o conflicto debemos saber detener a tiempo nuestras reacciones.
No
podemos ni debemos salir de nuestras casas, pero si podemos elegir como estar
en ellas. Debemos construir una nueva rutina que respete el lugar de cada
integrante de la familia con momentos de privacidad y de encuentro. Es
importante organizar una rutina diaria. Respetar horarios comunes, delimitar el
tiempo de las tareas tanto laborales para los adultos como escolares para los
más pequeños.
No
podemos visitar amigos ni reunirnos con ellos, pero la tecnología nos ofrece la
posibilidad de compartir y conversar con ellos sin riesgo alguno. Los niños,
niñas y adolescentes son muy hábiles en el manejo de estas herramientas.
Debemos aprender con ellos. Los niños, niñas y adolescentes teniendo en cuenta
su autonomía progresiva son parte de la solución a este problema. Ser creativos
para respetar el derecho de niños (y adultos) al juego y el esparcimiento.
Dentro
de los límites de lo posible, es importante escuchar las propuestas de niños y
niñas en cuanto a qué hacer con el tiempo libre: es una oportunidad para
generar encuentros disfrutables que no interfieran las actividades que cada uno
realiza.
Es
mucho y muy importante en estas condiciones lo que los adultos podemos hacer
dentro de nuestras casas. No menos importante es la puesta en marcha de
mecanismos solidarios a nivel de las comunidades que aseguren suministros a
quienes tienen dificultades para obtenerlos, colaboren con el cumplimiento de
las medidas impuestas por las autoridades sanitarias y transmitan en acciones
concretas la preocupación de todos y todas por todos y todas. Pero en una
región caracterizada por la desigualdad, con alto número de personas que
desarrollan actividades laborales en la informalidad, con muy poca capacidad de
ahorro frente a la paralización de la economía y sus efectos diferenciales
según los niveles de vulnerabilidad social, el rol de los Estados es
fundamental en garantizar los mínimos necesarios para una vida digna.
Nos
encontramos ante una situación nueva para todos, ante la que no tenemos todas
las respuestas. La información, la capacidad de reflexión, el poder pensar lo
que nos sucede a nosotros y a los otros, es una capacidad esencialmente humana,
de todos y todas más allá de la edad o condición; y es la principal herramienta
que tenemos para afrontar situaciones adversas como la que hoy nos desafía.
Sin
pretender enumerar soluciones, finalizaremos señalando algunas actitudes que
fortalecen nuestra capacidad de afrontar este desafío:
Revisar
nuestras formas habituales de comunicación. El aislamiento físico no implica
desconexión con otras personas ni colectivos.
Procurar
ser más empático. Ponernos en el lugar del otro.
Promover
espacios de diálogo intergeneracional al interior de nuestros hogares.
Hacer
un uso seguro del internet y demás herramientas tecnológicas disponibles en el
hogar.
Proteger
el derecho a la salud de niños, niñas y adolescentes, no implica vulnerar ni
postergar otros derechos (educación, información, recreación, participación, entre
otros).
Promovamos
formas dialogadas y acordadas de organización de nuestra vida cotidiana y
resolución de conflictos.
Compartamos
nuestras experiencias con amigos, vecinos, familiares utilizando las
oportunidades que nos dan las nuevas tecnologías.
No
olvidemos que si bien no podemos ni debemos salir de nuestras casas, si podemos
elegir como estar en ellas.
* Elige
como transitar por esta emergencia…. ¡Promueve y protege los derechos de todos!.
Víctor Giorgi, Director General del Instituto Interamericano del Niño, la Niña y Adolescentes de la OEA.
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