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10 feb 2019

Embarazo adolescente: Las niñas madres


Algunos argumentos anti aborto legal en la Cámara de Diputados exigieron cambiar la irrupción del embarazo por la adopción. Pero la realidad de las adolescentes que vuelven a casa con sus bebés después de parir no se parece en nada a los discursos. La psicoanalista Miriam Maidana cuenta las historias que conoce de cerca y derriba mitos sobre el embarazo adolescente: ¿Comen? ¿Ven? ¿Caminan? ¿Hablan? ¿Ingresaron por guardia de urgencia? ¿Siguen los controles médicos? ¿Tienen sostén afectivo y material?

Un trabajo de colaboración con la psicóloga Valeria Cortina.
De Revista Anfibia.

Macarena está contenta esta mañana: se planchó por primera vez el flequillo, le quedó muy lindo. Su seño, Carolina, les prometió una clase especial. Comienza diciendo de que las personas que te rodean, que te quieren, que son familiares o amigxs cercanos de tu familia no deberían pedirte que los toques, o tocarte. No deberían desnudarte ni forzarte a dormir juntos ni filmarte en ropa interior. Que eso se llama abuso, aunque en el caso de Macarena y sus compañerxs se llama violación. Que eso duele. Que no está bien. Que tienen que hablar con alguien de confianza, contarlo inmediatamente. Que hay leyes que protegen a lxs niñxs. Que podrían las niñas quedar embarazadas si ya han tenido su primera menstruación. Que en caso de que esto suceda tienen derecho a no continuar con un embarazo producto de una violación por una persona de su entorno, que debería ir preso.

Macarena regresa a su casa y le dice a su mamá que la seño Carolina les contó cosas. La mamá ya lo sabe: el grupo de whatsapp de “mamis” del colegio arde. ¿Cómo le hablan de “eso” a niñxs de diez, once años? Deberán reunirse con las autoridades del colegio, porque de “eso” no se habla.

“Eso” no les va a pasar a sus hijas.

Porque la niñez se vive diferente en alumnas de un colegio privado de Palermo o de Pilar.

Mientras, en Salta y en Mendoza dos niñas de diez y once años instalaron una nueva figura: ellas  “decidieron” continuar con sus embarazos producto de la violación por parte de sus padrastros. Decidieron “acompañadas” por servicios sociales, judiciales y de salud que de momento, casi como inspiración, descubrieron la importancia de que las niñas tomen decisiones sobre temas tan importantes como un embarazo. Y firmaron “en libertad” acompañadas por su madre, pareja del violador en el caso de la nena salteña, y por su abuela en el caso de la nena mendocina (el violador y la madre de la niña están presos, la abuela quedó al cuidado de cinco nietos).

Salta y Mendoza son dos de las provincias argentinas que no adhirieron ni implementaron el protocolo nacional que avala la interrupción del embarazo. Ante el escándalo social y mediático por el embarazo de 19 semanas de una niña de diez, el gobernador salteño tuvo que hacerlo –lo comunicó por twitter- aunque solo en 2017 se registraron en esa provincia 40 embarazos de niñas menores de 15. Los funcionarios mendocinos, en cambio, dijeron que no consideran que “adherir al protocolo sea algo prioritario” y hablaron largo y tendido de cómo los niños están protegidos en su provincia, donde hasta cuentan con un abogado del niño. Según ellos, una nena violada no se sabe por cuánto tiempo –ya que el embarazo es meramente una condición biológica- tiene la “madurez” de tomar decisiones que afectarán al resto de su vida mientras cursa ¡sexto grado! Desde el colegio hacen colectas ya que la abuela no tiene ropa, ni útiles ni casi comida para sostener a los cinco hermanitos.

Tus padres deben estar preocupados.
Ya estoy embarazada, ¿en qué más líos podría meterme?.


Del film “Juno”

Las niñas de Salta y Mendoza son solo dos: nos falta saber de 2998 más para completar los 3000 embarazos anuales de menores de 15 en el país. La investigadora Susana Chiarotti y un equipo amplio de académicas estudia el tema hace años. En 2016 publicaron el Balance Regional “Niñas Madres: Embarazo y maternidad infantil forzada en América Latina y el Caribe”, donde definen “embarazo infantil forzado” a todo aquel acontecido en niñas de 9 a 14 años, entendiendo que “ una niña menor de 14 años queda embarazada sin haberlo buscado o deseado y se le niega, dificulta, demora u obstaculiza la interrupción del embarazo”. Este embarazo puede ser producto de una violación sexual –la mayoría de los casos- o provenir de una relación sexual consensuada (¡la sexualidad adolescente sí existe!) con alguién de su edad en la que la niña no conocía las consecuencias o –conociéndolas- no pudo prevenirlas por falta de acceso a educación sexual, a métodos anticonceptivos y a anticoncepción de emergencia.

Imaginen ustedes a una niña concurriendo a un servicio de Planificación Familiar a solicitar información para sostener una vida sexual sin riesgos de embarazarse o contagiarse enfermedades infecto-contagiosas o de transmisión sexual. ¿Vieron? Es casi parecido a lo que provoca la lectura de la “decisión” de sostener un embarazo a los diez.

- Aquí está! Este signo más es tan nefasto…
- No es ninguna pizarra mágica. Ese no es un garabato que se pueda borrar”
Diálogo con el farmacéutico ante el positivo del test / Juno

***

Se considera embarazo adolescente o precoz –desde el punto de vista médico- a aquel que acontece “en el período de los dos años de transcurrida la menarca”. Según la OMS, las edades oscilan entre los 10 y los 19 años, ya que desde lo biológico hay un descenso en la edad de ingreso a la menstruación. Todo embarazo adolescente entra en la categoría “de riesgo médico” entre otras cuestiones porque la posibilidad de morir es dos veces mayor cuando la adolescente se ubica entre los 15 y 19 años, pero es seis veces mayor cuando tiene entre 9 y 14 años. No es el único riesgo.

M. dice que pensó que “la primera vez no podía quedar embarazada”. C. estaba segura: “si él acababa afuera no corría riesgos, aunque una amiga me dijo que quedó embarazada por apoyarse en un baño donde alguien se había masturbado antes”. J. espera su segundo hijo a los 14: “me habían dicho que si amamantaba no me quedaba embarazada”.

L. quiso quedar embarazada, tiene 15 y su novio 16: “Él me pidió un hijo porque quería ser papá jovencito, cuando los dos éramos lindos. Uno crece y se arruina, ¿vió? El quería tener un bebé lindo, un varón quería. Ahora que lo perdí –ingresó por guardia con aborto espontáneo a las 10 semanas- él se va a buscar a otra, seguro”.


T. dejó la escuela a los 12 porque sus padres se separaron y ella tuvo que hacerse cargo de sus 4 hermanos menores: la mamá se fue a trabajar “con cama” a la otra punta de la ciudad. Se puso de novia a los 13 y a los 14 estaba embarazada. El bebé murió en su panza al séptimo mes. A los 15 quedó embarazada de una relación ocasional con un vecino que le llevaba 20 años: lo perdió a los cuatro meses. Su último embarazo –a los 17- fue luego de una noche “de boliche”, de la cual no recuerda casi nada. Otra vez murió en su panza a los 8 meses de gestación. Le detectaron HPV y sífilis. Se realizó tratamiento con el servicio de enfermedades de transmisión sexual, psicología –en un servicio con perspectiva de género- y consiguió que en un hospital dependiente del GCBA le hiciera la prueba de trombofilia que dio positiva. “Yo pensé que estaba fallada, la verdad. Pero parece que tengo una enfermedad, así que ahora me dijeron que no me embarace por lo menos por dos años.” Actualmente convive con un novio de su edad, tiene tres tatuajes –con los nombres de sus hijxs- y tres perros. A veces se angustia un poco: “Sueño que voy a ser una mamá re-vieja! En mi familia todas tuvieron hijxs jovencitas porque dejamos el colegio, nadie terminó el secundario vio”. “Vieja” es mayor de 20, edad en que la mayoría de lxs adolescentes de clases medias y altas cursan el CBC, están promediando sus carreras profesionales en universidades privadas o se toman años “sabáticos”. Ella no puede recordar la tabla del 8: “Siempre fui burra, no me daba la cabeza”.HHH

H"Otro tema que tenemos
HHHOtro tema que tenemos que poner sobre la mesa es el embarazo adolescente no intencional. Hoy nuestro país atraviesa una situación crítica: cada año más de 100.000 chicas menores de 19 años quedan embarazadas y 7 de cada uno de los embarazos no son intencionales. La vida de esas jóvenes cambia para siempre: muchas abandonan la escuela, y eso afecta sus posibilidades de conseguir trabajo y desarrollar un proyecto de vida. Una vez más la herramienta es la educación sexual. La educación sexual es una herramienta que empodera a los jóvenes, los ayuda a tomar decisiones informados. (…) Sólo con información van a poder elegir que quieren para su vida”.

Presidente Mauricio Macri – Discurso inaugural de sesiones ordinarias del Congreso de la Nación, 01/03/2018.

Tras años de informes de OMS, UNICEF, Ministerio de Salud indicando que los índices de embarazo en niñas y adolescentes en Argentina no paran de subir, un presidente toma alguna de sus advertencias. Sin embargo, no hay una política sanitaria ni educativa al respecto: no se habla de sexualidad a los 10 años “porque son chicos”, no se habla de sexualidad a los 14 “porque ya saben todo”.

Andrea Testa es guionista y directora de cine. Hace meses que con su equipo está produciendo la película “Niña Mamá”. Recorrió varios hospitales y servicios de internación, obstetricia, guardias. En el oeste, en el sur o en el centro de la ciudad y provincia de Buenos Aires algo se repite: “Son lugares de mujeres. Las chicas llegan con la panza a punto de explotar, solas o con la madre, la abuela o alguna vecina. Casi no han realizado controles previos, ni traen ropa. Están como ajenas a la situación, como si les pasara algo en el cuerpo pero no en la cabeza. Repiten mucho que les duele. El tema es el dolor, la soledad, la ausencia. En general no hablan de que vienen a tener un hijo, sino de que “les duele”. Duele el hijo a esas niñas y adolescentes”, dice.

Una de las mayores dificultades, según la mirada de Testa, es que esas niñas-madres ni siquiera han pensado un nombre para sus bebés. Es decir: no asocian estar embarazadas con tener un bebé. La ausencia de controles prenatales indica no solo riesgos mayores –sobre todo en detección de ETS y HIV/SIDA- sino en afecciones mínimas que podrían controlarse casi sin problemas y- al mismo tiempo- imposibilita alguna vinculación con el estado de embarazo.

Mariana Menna es nutricionista. Cuando la consultamos por la altísima incidencia de infecciones urinarias con que ingresaban por guardia niñas y adolescentes embarazadas nos explicaba que una de las causas de la enfermedad es “que se transmite por dormir o compartir camas con animales”. Imaginen cuánto saldría hacer unos carteles claros: “Si estás embarazada no duermas con tus animales”. ¿Vieron alguno?

Walter González es médico pediatra y neonatólogo y trabaja en un hospital de alto riesgo y vulnerabilidad del conurbano bonaerense. Este año forma parte de un proyecto donde realiza seguimiento de incidencia en bebés internados en Neo porque sus madres tienen VDRL, HIV y conductas asociadas al consumo de sustancias psicoactivas. Las entrevistas con las madres las hace una psicóloga que trabaja con perspectiva de género. Le preguntamos si  realmente bajaría mucho el costo sanitario en caso de detectarse esta situación apenas detectado el embarazo. “Sí, claro. Por un lado se evitarían cantidad de situaciones que provocan el ingreso de bebés a la Neonatología: partos prematuros, enfermedades producto de incidencia de ETS no detectadas –que en la mujer no se manifiestan externamente como si en el hombre. Además, es una manera de seguir el contacto, que es lo más complejo ya que las chicas ingresan al sistema y se van. Es común que vayan de hospital en hospital, ingresando a sus bebés por guardia mayormente. Esto impide generar un vínculo”.


Es preocupante que ni siquiera hayan pensado un nombre. Pero es lo esperable en un embarazo sin controles, detectado a las 15 o 20 semanas por la gordura, el crecimiento y dolor de las tetas, el cansancio, el sueño. En un protocolo universitario preguntamos si habían notado la ausencia de menstruación: el 70% de las entrevistadas contestó que no. No se bajan la APP con las fechas. Cuando menstrúan compran toallitas. Si no, no. La consulta médica tiene algo de transmisión: muchas pacientes no recordaban haber ido jamás al pediatra, sí ingresar por guardia por fiebre, gripes o alguna varicela en la infanciaHH.


- Las chicas de 12 o 13 años que tienen hijos en general de un patrón, se las van a llevar al hospital y las van a hacer abortar legalmente”.
- Pero ahora van a abortar ilegalmente, con riesgo de vida, interrumpió el conductor.
- No, tienen a sus hijos.
Entrevista a la diputada Elisa Carrió en La Nación TV

Interesante: niñas de 12 o 13 años embarazadas por “sus padres, hermanos, tíos o un patrón” tienen “a sus hijos”. ¿Qué sabemos de “sus hijos”?

F. tuvo a Penélope a los 15. Su novio, M., de 14, estaba detenido en una institución de menores. Cuando Penélope tenía tres meses la vimos atragantada, casi morada: F. estaba comiendo tutuca y pensó que a Penélope le gustaría.
Lionel, el hijo de C., ingresó a los dos meses por guardia y casi sin respirar. A pesar de habérsele indicado a C. –de 12 años- que no le iba a ser posible criar al niño sola, fue difícil encontrar referentes. El padre biológico estaba cumpliendo condena por abusar de sus dos hermanitas menores (de cinco y siete años). C. había vivido en diferentes sitios desde los ocho, cuando se cansó de las violaciones a la que las sometía. La madre estaba en Mar del Plata, con un novio de 21 años. Su pareja tenía 31 años: nunca vino al hospital. Luego nos enteramos que tenía pedido de captura. La “referente” que firmó fue su suegra: 18 hijos y una definición que no olvidamos jamás: “En casa hay tres ollas. Lo que se consigue en el día se pone adentro. “Este” –por Lionel- va a ser una boca más. Estamos acostumbrados”. Como Lionel lloraba mucho y a C. le dijeron que “no le sacara los ojos de encima”, ella lo cambiaba constantemente y le daba de comer todo el tiempo –mamadera, la leche no le bajó. Lo ahogó con el preparado de la leche de fórmula. Una vecina fue a ver qué pasaba y vio al bebé casi ahogado en su vómito. Llamó a su marido remisero y lo llevaron al hospital. C. lloraba: le dieron 3 cajas de leche en polvo y le “dijeron” que prepare la mamadera “según las instrucciones”. C. dejó el colegio en tercer grado: solo sabe escribir su nombre, no lee.
A. quedó embarazada a los 12, aunque tenía relaciones desde los 11. “Con amigos, nunca me enamoré todavía”. A los 5 meses su hermana le dijo: “Vos estás preñada, mirá tu panza”. La llevó a un camión sanitario donde le hicieron el test y la derivaron a la salita, pero su caso era de “alto riesgo” e ingresó al sistema hospitalario. A. no se dejaba poner un dedo encima, ni revisar ni aplicar inyecciones. Alguna médica la zamarreó un poco, inclusive. “Es caprichosa”, diagnosticó. Pero A., que no llegaba a medir 1.50 metros, era brava. 

En el hospital se armó un dispositivo particular: la pasaban a buscar a su casa para que asistiera a tratamiento y consiguieron que los turnos y estudios médicos se concentraran en un día. Porque –yo creo que deben estar al tanto- en lo público y en obras sociales caras un día por la mañana hay que hacer un estudio, cuatro días después una ecografía, a la otra semana un monitoreo y así sucesivamente. Algo difícil de sostener a los doce, cuando se abandonó la escuela a los diez y la vida transcurre entre dormir, ir a la esquina, chatear y comer cuando se puede. Con acompañamiento A. se dejó monitorear y alguito más, jamás inyectar o extraer sangre. Hablaba de ella como una “ballena” y de su panza como una “pelota”. Lo que más sufría era el aislamiento: ya no era bienvenida en la esquina. Ahora sería “madre”, ¡que se joda! Ella, claro, ya que el donante de semilla había partido a otra esquina de otro barrio y nunca más supo de él.

Al finalizar el séptimo mes ya no había cómo contenerla y se puso fecha de cesárea: rompió bolsa antes. A pesar de un informe bien fundamentado sobre la imposibilidad de que atravesara un parto de forma natural, en su primer ingreso la quisieron atar: destrozó todo lo que encontró a su paso. La derivaron a otro hospital donde tuvo al niño por cesárea: no quiso ni mirarlo. Ya nos había dicho: “Yo duermo con mi perro, y así voy a seguir”.

No existe el instinto materno, creánmelo. Instinto es un concepto biológico, y nosotrxs somos seres de lenguaje. Es un invento de la modernidad y está bastante ligado a la culpa y –actualmente- a la publicidad. Por eso no es raro que el debate sobre el aborto concentre figuras tan extremas como fetos-llaveros, bebés de plástico y dibujos ensangrentados.

Porque los de carne y hueso lloran, cagan, se ahogan, tienen gases, suelen dormir a horas extrañas, se caen, se mueven, se desnutren, se enferman. Un bebé prematuro ingresa a un protocolo que requiere tres años de controles periódicos, ¿sabían? Y alguien los tiene que llevar.

Por eso cuando una diputada se manifiesta tan preocupada por la utilización “como método anticonceptivo” del aborto –ya sé, ya sé: esto significaría que abortarían sin estar embarazadas, pero bueno…vieron como son las entrevistas en vivo…- de niñas a las que reconoce “embarazadas” de su entorno intrafamiliar o vía el “derecho de pernada” –el patrón que “desflora” porque decir que viola suena violento- habría que preguntarle si está al tanto de qué pasó con esxs niñxs. ¿Comen? ¿Ven? ¿Caminan? ¿Hablan? ¿Ingresaron por guardia de urgencia? No es tan difícil ordenar un seguimiento: el 99 por ciento lleva el apellido materno.

No hemos tocado en este artículo otros puntos como la depresión post-parto porque en embarazos en niñez y adolescencia los recortes de derechos son tan graves que “deprimirse” es una posibilidad que en la mayoría de los casos no tienen o no se registran como “depresión”: son vagas, malas madres, ¡no quieren ocuparse!


Y no dejamos de insistir en este punto: lo que pedimos es Educación sexual para decidir, Anticonceptivos para no abortar, Aborto legal para no morir. No estaría bien continuar con las ideas mezcladas: no son lo mismo las mujeres que quieren tener hijxs y no lo consiguen que el sacrificio de la niñez y la adolescencia sin proyectos, sin escolaridad, sin deseo y sin siquiera saber bien qué significa la maternidad. Tal vez haya que comenzar a aplicar los estudios, diagnósticos, los libros sobre el tema. Pero no pensar en embarazadas niñas como “envases” gestantes de niñxs a ser dados en adopción.

Porque quienes se embarazan a los 12 son siempre las mismas. Las que ponen el cuerpo a alguien que las hace objeto de su perversión, las viola, las embaraza y se va. En algún caso la noticia se hace pública y la ola de indignación obliga a que un gobernador tuitee o que un médico sea separado de su cargo. Pero en la gran mayoría de los casos se silencia un problema que lleva cientos de años, que es facilitado por la ausencia de mirada o la “entrega” y que mueve un entramado moral e ideológico siniestro: un embarazo no deseado es un tema de salud y no de moral o ética.

Tengamos en cuenta algo: el embarazo que prosigue -deseado o no- trae como consecuencia un nacimiento. Así, niñas de 10 a 14 años que no tuvieron un juguete en su vida deben hacerse cargo de niñxs de carne y hueso. En su gran mayoría, solas y estigmatizadas.

Pero, ya sabemos, "ser madre es considerar mucho más noble sonar narices y lavar pañales que terminar los estudios, triunfar en una carrera o mantenerse delgada". Lástima que siempre les toca a quienes no tuvieron nunca esas posibilidades. 

2 may 2018

Revista Anfibia: Mi vecino es antivacunas


Vacunarse es al mismo tiempo un acto de supervivencia personal y de solidaridad social: la inmunidad de cada individuo depende no solo de sus actos sino de los de sus pares. Quienes optan por el rechazo a las vacunas tienen una desconfianza legítima frente a la ciencia, pero emplean afirmaciones verdaderas en el contexto equivocado. ¿Cómo convencer a los antivacunas sin caer en la descalificación? Los cuadros estadísticos fueron realizados por el equipo de Chequeado.

La vacunación es un acto que evoca uno de los rasgos más específicos de la especie: la necesidad de vivir en comunidad, el gregarismo propio del homo sapiens sapiens. La inmunidad de cada individuo depende no solo de sus actos sino de los de sus pares: inmunidad de rebaño. En los oscuros tiempos que corren de individualismo, meritocracia y emprendedorismo, vacunarse es al mismo tiempo un acto de supervivencia personal y de solidaridad social. La biología evolutiva se encarga de recordarle a quien se empeñe en olvidarlo que no es posible sobrevivir solo; que la supervivencia del individuo y la del grupo son , finalmente, lo mismo.

Hay muchas cosas de la medicina que merecen ser discutidas y analizadas críticamente, pero las vacunas obligatorias no son una de ellas. Pocos logros sanitarios han mostrado una eficacia tan rotunda y un beneficio social tan extendido. Han salvado millones de vidas, erradicado enfermedades como la viruela o la polio, controlado otras y mejorado la calidad de vida de milones de personas en el mundo. Hoy la prevalencia de las enfermedades prevenibles mediante la inmunización es menor que nunca en la historia de la humanidad.

En la actualidad existe mayor riesgo de exposición que en épocas pasadas debido en gran parte a la globalización de los viajes, a la falta de inmunidad natural contra las infecciones subclínicas provocadas por virus o bacterias salvajes o que causan enfermedades epidémicas (como el sarampión, las paperas, la rubéola y la tos ferina), y al aumento del número de individuos con mayor susceptibilidad a estas enfermedades (ancianos, personas inmunodeprimidas, bebés), y en situaciones de hacinamiento (escuelas, campos de entrenamiento deportivos y eventos musicales, aviones, centros comerciales cerrados, etc.).

Estos factores se traducen en un aumento de los riesgos de epidemias prevenibles mediante la vacunación, como lo muestran los recientes brotes de sarampión, tos ferina, varicela y otras enfermedades inmunoprevenibles tanto en Estados Unidos como en Europa y otros lugares del mundo debidas exclusivamente a la absurda tendencia cultural a rechazar la vacunación. La seguridad y la eficacia de las vacunas disponibles ha sido demostrada muchas veces en diversos contextos y con pruebas científicas rigurosas. Cada uno de los argumentos esgrimidos para fundamentar el temor a vacunar a los niños ha sido desarticulado mediante pruebas –no solo opiniones- y esas evidencias fueron replicadas decenas de veces.


En 1998 Andrew Wakefield publicó una investigación en la prestigiosa revista inglesa The Lancet proponiendo que existía una relación directa entre la administración de la vacuna triple vírica y la aparición del autismo y ciertas enfermedades intestinales. El trabajo fue refutado, la publicación retirada, el autor sancionado como responsable de uno de los actos más fraudulentos de la historia de la medicina; pero la mentirá siguió su curso, “inmune” a los hechos, en muchos grupos sociales. Tal vez la metodología les resulte conocida, tal vez les recuerde casos semejantes en otros ámbitos de la vida pública.

No es este el espacio, ni es la intención de este artículo, profundizar en la eficacia de las vacunas tan demoledoramente demostrada, sino en la insistencia de muchas personas en desconocer los datos científicos que lo demuestran y en tomar decisiones basadas en creencias que los ignoran.



¿Por qué?

Ley de Brandolini: La cantidad de energía necesaria para reflutar una estupidez es muy superior a la necesaria para producirla.

Durante mucho tiempo el problema de la vacunación consistía en la desigualdad del acceso, hoy los no vacunados ya no son los marginados de la educación y la sanidad sino ciertos grupos educados que sostienen creencias sin fundamento. El fenómeno no es nuevo, pero sus actores han cambiado.


La actitud menos científica y más contraproducente es la condena militante hacia las personas que deciden no vacunar a sus hijos. La ciencia estudia los problemas, analiza sus variables determinantes, formula hipótesis y las pone a prueba. No hay ningún motivo para no aplicar su método también en esta circunstancia. Una jauría de doctores acusando a los “herejes” con las manos repletas de papers es la forma menos útil de abordar el tema y, desde ya, una contradicción para quienes esgrimen a la razón y a la ciencia como sus herramientas.

Hoy se sabe bastante acerca de los procedimientos mediante los cuales tomamos decisiones. La primera conclusión es que en nuestra vida cotidiana decidimos de forma muy diferente a como creemos que tomamos decisiones. La evolución aporta un marco teórico muy fructífero señalando el largo recorrido de la cognición humana que empleamos a diario y acerca de la que casi nunca reflexionamos.

Nuestros cerebros han evolucionado constreñidos por la necesidad de tener que tomar decisiones sin la información completa. Los sesgos y la intuición (indeseables en ciencia) nos han permitido hacerlo con bastante eficiencia. Hemos sobrevivido no solo pese a nuestros naturales desvíos cognitivos, sino, muy probablemente, gracias a ellos. Permanecer con vida exige tomar decisiones rápidas, y eso es lo que hemos hecho durante cientos de miles de años.

Nuestra cognición ha evolucionado de tal modo que tendemos a creer en las causas singulares, las conductas intencionales, el libre albedrío, la responsabilidad individual y la culpa; pero eso casi nunca sucede. Como especie hemos recorrido un largo camino de racionalidad y socialización desde nuestros antepasados instintivos. Esa distancia nos ha hecho olvidar que todavía lo llevamos a cuestas. Entonces, no entendemos cuando “habla en nosotros” lo que sobrevive de él.

Nuestro cerebro está configurado para atribuir causalidad ilusoria, dar significado al azar, sentir temores supersticiosos, hacer falsas asociaciones y pobres juicios de probabilidad de hechos futuros. Eso nos ha sido muy útil para sobrevivir, pero es mejor saberlo.

Muchas de nuestras decisiones cotidianas las tomamos apelando a una narrativa dentro de la que ciertos hechos resultan coherentes. El cerebro humano es un procesador narrativo más que un procesador lógico. Emplear el razonamiento analítico demanda un esfuerzo mayor y consume más energía. Las historias generan sentido, cadenas causales y se recuerdan con menos esfuerzo que los datos, las pruebas y la argumentación lógica. Somos seres narrativos. Las teorías conspirativas funcionan más por su enorme capacidad de dar coherencia a los prejuicios que por su valor de verdad. En muchos aspectos de la vida eso es suficiente, es útil, es confortable. Pero a veces es una calamidad. Confundir unos con otros convoca al desastre.

¿Cómo actúan las personas que consideran que es preferible no vacunarse cuando se enfrentan a las pruebas que contradicen su creencia?

Gran parte de la dificultad para modificar lo que muchas personas creen empleando argumentos radica en el modo en que los prejuicios se organizan. Las creencias operan en clusters o paquetes con alta interconectividad. Es muy difícil cambiar una creencia con evidencias ya que está sostenida por un “sistema de creencias” que se refuerzan y se sostienen entre sí.

Se denomina “preferencia adaptativa” a un razonamiento que, al no ver cumplida su predicción o preferencia, la modifica o desplaza para sostener la validez de su teoría original. Un buen ejemplo de ello es la vieja fábula de la zorra y las uvas. Nuestros mayores esfuerzos de racionalidad los aplicamos a justificar nuestras creencias previas a los hechos más que a analizar los hechos en sí. Buscamos la zona de confort con nuestra identidad a costa de la verdad. Muchas veces eso está muy bien, otras nos puede costar la vida.

En diversos contextos equiparamos la veracidad con la intensidad emocional que nos produce una afirmación. Es un error que nos hace vulnerables a la manipulación. Las emociones nos informan qué sentimos nosotros no cuán verdadero es lo que se afirma.

Es muy frecuente que se confundan conceptos muy diferentes: verdad, plausibilidad, credibilidad.

-Verdad: es un concepto semántico, se refiere a las proposiciones acerca de un hecho, no a los hechos. No existen hechos verdaderos o falsos sino reales o imaginarios. Verdadero o falso solo puede ser lo que se afirma o niega respecto de los hechos.

-Plausibilidad: es un concepto gnoseológico. Algo es posible si se ajusta a las leyes naturales que lo determinan.

-Credibilidad: es un concepto psicológico y es independiente de su valor de verdad.

Vacunarnos o no vacunarnos, esa es la cuestión

Tomar decisiones requiere de un paso previo: decidir qué procedimiento emplearemos para tomar esa decisión. Entre la intuición y la razón, entre las creencias y los hechos, entre el juicio y el prejuicio, entre el pensamiento rápido y automático y el lento y reflexivo se pone en juego la vida individual y la de la comunidad. Vacunarse es un acto atado a nuestros instintos más básicos: sobrevivir. Pero el modo en que esa decisión se toma o se rechaza se relaciona con nuestros recursos más evolucionados de pensamiento. Hay que decir cómo decidir.

Quienes optan por el rechazo de las vacunas emplean afirmaciones verdaderas en el contexto equivocado. La soberbia preventiva, la medicalizacón de la vida cotidiana, la práctica de una sanidad más orientada al mercado que a la gente, la transitoriedad del conocimiento científico: son datos ciertos en el mundo en que nos ha tocado vivir. Pero su aplicación a la vacunación es errónea, inapropiada al contexto donde se emplean. Argumentar razones verdaderas requiere que se apliquen solo al ámbito donde resultan pertinentes.

Es un deber de honestidad intelectual mencionar que muchos de estos desvíos del pensamiento también operan en el interior del campo científico. Que la desconfianza que muchas personas sienten respecto de la ciencia es legítima en ciertas circunstancias y que se debe a que la ciencia está inserta en un sistema social del que forma parte y no a sus metodología que es, tal vez, la forma más confiable de protegerse de la manipulación y salir de la ignorancia. El dogmatismo de las evidencias científicas existe. Es una contradicción, es peligroso, es autoritario y despótico. Pero muy especialmente es la peor estrategia de comunicación para acercarse a personas con creencias opuestas al conocimiento probado.



Quienes profesan un culto a lo natural lo hacen de un modo emocional más próximo al pensamiento mágico-religioso que a la racionalidad basada en pruebas. Nadie discute la libertad de adoptar las creencias que se prefieran, lo que se pone en discusión es su derecho a poner en riesgo la salud propia y la de su comunidad. “Natural” también es enfermarse y morirse a causa de ello. Y, eso es, precisamente, lo que se intenta evitar. 

Es inadmisible que el pensamiento progresista, que la izquierda solidaria preocupada por el bien común y por la protección de los más desfavorecidos, adopte una actitud anticientífica. La historia de esta postura es larga y está plagada de equívocos: la confusión entre ciencia y técnica, la equiparación de ciencia a capitalismo, la falsa equivalencia entre razón y opresión, el culto a la irracionalidad como forma de oponerse al “sistema” y otros tantos desvaríos intelectuales. El conocimiento es un derecho, es un bien social y no una mercancía. Confundir el modo en que se implementa su distribución con el conocimiento mismo es dejar en manos de quienes se benefician de la inequidad el logro más extraordinario que la humanidad ha podido producir: saber y compartir lo que se sabe.

En la era de la posverdad, de la manipulación cognitiva sistemática, del individualismo como virtud, de la transformación de las emociones en instrumentos de control social y de la razón en un recurso descartable, los convoco a no resignar el conocimiento a la hora de tomar decisiones que ponen en juego nuestras vidas y las de quienes nos rodean. Vacunarse es un acto de afirmación del derecho a sobrevivir, a la salud y a la dignidad del acceso a los bienes que como especie hemos logrado construir entre todos y que no deberían tener dueño. Para equivocarnos siempre nos queda votar.

Por Daniel Flichtentrei. 
Fuente Revista Anfibia: http://www.revistaanfibia.com/ensayo/mi-vecino-es-antivacunas/